domingo, 15 de diciembre de 2013

La construcción de la estabilidad democrática en Argentina: una revisión a los gobiernos de Raúl Alfonsín y Carlos Menem (1983-1999)



 
Raúl Alfonsín


La historia de Argentina, al igual que la mayoría de los países de América Latina, estuvo signada por gobiernos militares durante buena parte del siglo pasado.  Ahora bien, luego de un tortuoso tránsito –que implicó la ruptura del orden constitucional en reiteradas ocasiones a través de la figura del golpe de Estado- que arranca en 1930 y concluye en 1983 este país logró, a trompicones, solidificar el sistema democrático del que hoy disfruta. Así pues, a la luz del trabajo de Carlos Waisman “Argentina: Capitalism and Democracy”, podemos afirmar que los gobiernos de Raúl Alfonsín y Carlos Menem (1983-1999) fueron vitales para la implantación de la democracia en dicho país. Aún y cuando no cumplieron al pie de la letra con todos los principios que presupone un gobierno democrático, auspiciaron reformas e introdujeron cambios al sistema que terminaron ampliando el régimen de libertades políticas y económicas a favor de la ciudadanía, y por ende afianzando la democracia en Argentina. 

De entrada resulta indispensable bosquejar los elementos que forman parte esencial de un régimen democrático, y para ello nos hacemos del listado que provee Walter Montenegro en su obra: “Introducción a las doctrinas político económicas” (1982, pp 64-65), a saber:

a) El sufragio o voto popular a través del cual todos los ciudadanos pueden elegir a sus gobernantes, como un ejercicio de soberanía.

b) Una Constitución y un cuerpo de leyes que delimiten claramente las funciones del Estado, de manera que éste no tenga un poder desmesurado y que además de ello el individuo esté protegido contra eventuales abusos Estadales. 

c) La división de poderes dentro del Estado en: Legislativo, Ejecutivo y Judicial 

d) La vigencia de principios fundamentales e inviolables que son inherentes a la condición humana: la libertad de pensamiento, de reunión, de asociación y de tránsito, así como las medidas que buscan garantizar la vida y la igualdad (presuponemos que la de tipo político).

Partimos pues, de la reflexión de Waisman, quien sobre el caso de la democracia argentina afirma: 

(…) Constitutional Legality was interrupted by a military coup in 1930; from that year to 1983, Argentine politics was an unstable succession of military, populist-corporatist, and restrictive democratic regimes (Waisman en Diamond, Hartlyn, Linz & Lipset, 1999, p. 74)     
                    
La llegada a la Presidencia de Raúl Alfonsín en 1983 significó el enrutamiento definitivo de la sociedad argentina hacia la democracia como régimen político y como forma de vida. Alfonsín, un militante del partido centro-izquierdista Unión Cívica Radical (UCR), accede al poder luego del oscuro período de una dictadura militar que dejó miles de asesinatos y desapariciones como consecuencia de la persecución y la represión política. 

Tal y como afirma el propio Waisman (Ibid, p.97) Alfonsín asume el gobierno en medio de una crisis terrible: inflación de 3 dígitos, estancamiento económico y un largo período precedente de gobiernos con tinte autoritario. Sin embargo, lo que en definitiva sitúa a Alfonsín como pilar fundamental en la institucionalización de la democracia en Argentina son dos elementos: un compromiso sincero tanto propio como de su partido en lograr instaurar un modelo de democracia liberal en el país y dar un giro hacia la moderación y la apertura política (para desvincularse del radicalismo  propio de gobiernos como el de la Dictadura Militar o el precedente, de Juan Domingo Perón y su viuda).

El mayor mérito de Alfonsín en la institucionalización de la democracia fue el de subsumir el poder militar (acostumbrado por décadas a dar golpes de estado en dicho país) al poder civil. De hecho, en el criterio de Waisman (Ibid, p.99) un paso fundamental para asentar el sistema democrático en Argentina fue el dado por el enjuiciamiento a los militares que habían cometido crímenes durante la era de la Dictadura, haciendo prevalecer el imperio de la Ley a ojos de la ciudadanía, que además se movilizó masivamente para respaldar esta medida y abogar por la defensa de la Constitución. Recordemos que el respeto y aplicación de la Ley es un aspecto harto importante para Montenegro al momento de hablar de elementos que son indispensables en una democracia. 

Además de ello, otros aspectos enunciados por Montenegro –y que hemos recordado más arriba- caracterizaron también el ejercicio de la Presidencia de este militante de la UCR y fueron determinantes a la hora de consolidar la democracia argentina: la separación de poderes, el respeto a las libertades ciudadanas y el sometimiento a elecciones de las fuerzas políticas para poder obtener el poder. La afirmación anterior se patentiza en el hecho de que, durante la gestión de Alfonsín, el antiguo peronismo -que muchas veces había dado señales de no compartir algunos valores de la tolerancia y el pluralismo político-, termina por convertirse definitivamente en una organización política (El Partido Justicialista) comprometida con las reglas de juego democráticas y accede al poder en 1989 mediante unas elecciones libres en las cuales Carlos Menem derrota al candidato de la UCR, Eduardo Angeloz. Menem asumiría el gobierno por anticipado, puesto que Alfonsín debió renunciar en medio de una crisis inflacionaria. 

Ahora bien, el hecho en sí mismo, donde un Presidente que había ganado unas elecciones (Alfonsín), le hace entrega a otro que también había conseguido la mayoría de los votos en unos comicios libres, siendo de oposición (Menem) no se producía en Argentina desde principios del siglo XX, e ilustra bien el peso que tiene este momento histórico en la construcción del juego democrático en este país sudamericano.

La llegada de Carlos Menem al poder en 1989 significará a su vez una oleada de cambios que quedaron pendientes en la gestión de Alfonsín, a saber: la reforma y liberalización de la economía argentina. Si bien el Presidente Alfonsín dio piso al sistema democrático a través de la adopción y puesta en práctica de elementos del liberalismo político (elecciones libres, división de poderes, imperio de la Ley, respeto al pluralismo), su gobierno no tomó la resolución de introducir cambios dentro del tradicional proteccionismo económico imperante en Argentina desde que se constituyó como República en el siglo XIX. Menem, quien paradójicamente fue el primer Presidente de la corriente Justicialista electo por votación popular, fue quien realizó el programa de privatización y apertura hacia los mercados económicos mundiales que dio al traste con el sistema económico neo-mercantilista (Waisman, Ibid, p.100) que fue bandera durante los gobiernos populistas de Perón y que a su vez convirtió las crisis inflacionarias en un problema de nunca acabar en la Argentina:

Once in power, though, Menem executed the most dramatic turnaround in Argentinian politics in this century. He embarked on a policy of orthodox adjustment and gradually moved toward radical economic liberalization (…) (Idem.)         

 Carlos Saúl Menem

Mediante esta apertura económica Argentina logró resolver el problema inflacionario legado por gobiernos anteriores, a la vez que obtuvo un crecimiento económico extraordinario, abonando aún más el terreno para la institucionalización de la democracia en el país.

A pesar de que el gobierno de Menem es cuestionado por escándalos de corrupción y fallas en la división de poderes (Menem gobernó mediante decretos e intervino de alguna forma en la composición de la Corte de Justicia Argentina, por ejemplo), Levitsky le atribuye una importancia de primera línea en la consolidación de la democracia argentina:
 During this more recent period, elections and civil liberties were institutionalized, the military disappeared from the political scene, and macroeconomic stability was achieved for the first time in decades. (Levitsky en Domínguez & Shifter, 2003, p.244)
De hecho, el nivel de estabilización de la democracia argentina se patentiza en el mismo hecho de que, cuando Menem intenta quebrantar la Ley para ir por una segunda reelección Presidencial en 1999, la Corte de Justicia (donde se decía que tenía fichas leales a él) le impide hacerlo. Esto evidencia un crecimiento institucional importante en un país que trata de cimentar su democracia de manera definitiva.
El propio Levitsky hace alusión al nivel de estabilidad que había cobrado para entonces el sistema, remitiéndose para ello a las elecciones donde el Justicialismo sale derrotado por Fernando De la Rúa, candidato del partido opositor Unión Cívica Radical:
When Carlos Menem left the presidency, Argentine democracy was more stable than at any time in the country’s history (…) The 1999 electoral process was a highly routinized affair. The president-elec, Alliance candidate Fernando De La Rúa, was a career UCR politician, and established party politicians captured nearly all of the country’s governorships (Ibídem, p.254)
En conclusión, a través de la revisión que hemos hecho podemos afirmar que los gobiernos de Raúl Alfonsín (UCR) y Carlos Menem (PJ) fueron  -a pesar de las críticas a las que haya lugar- los que institucionalizaron el sistema democrático imperante en la Argentina de nuestros días. Así pues, el período comprendido entre 1983 y 1999 transformó a la sociedad argentina en la medida en que se acometieron reformas en el campo del pluralismo político y la apertura económica tan necesarias para la buena marcha de las sociedades democráticas.   

Nehomar Adolfo Hernández (*)
BIBLIOGRAFÍA



Diamond L, Hartlyn J, Linz J & Lipset S. (1999). Democracy in developing countries. Colorado: Lynne Rienner.
Montenegro, W. (1982). Introducción a las doctrinas político-económicas (3era Ed). México: Fondo de Cultura Económica.
Domínguez, J & Shifter, M. (2003). Constructing Democratic Governance in Latin America (2da Ed). Baltimore: The John’s Hopkins University Press.
 

(*) Paper elaborado para el seminario "Las democracias en América Latina" dictado por el Profesor Adolfo Vargas en la maestría en Ciencia Política de la Universidad Simón Bolívar. Caracas-Venezuela.

martes, 10 de diciembre de 2013

La democracia chilena vista a través de tres variables que explican su éxito






Según Valenzuela (1999, p. 191) el caso de la democracia chilena constituye un “excepcionalismo” dentro del establecimiento y desarrollo de las democracias en América Latina y, más aún, en las que tuvieron lugar en el cono sur del continente americano. 

Así pues, el “excepcionalismo” democrático chileno es explicable en la medida en que se entiende que en dicho país se produjeron ciertas situaciones puntuales que ayudaron al establecimiento de la democracia. Las variables que explican este fenómeno son múltiples, pero entre las más resaltantes encontramos las siguientes: a) Las decisiones adoptadas por el liderazgo político post independentista chileno, b) La apertura que da la derecha conservadora chilena a las reformas (la ampliación del derecho al sufragio) en el Siglo XIX y c) La dinámica de generación de consensos para gobernar en el Siglo XX: el ganador no puede quedarse con todo. En conclusión, consideramos que este conjunto de variables fueron determinantes en el establecimiento de la democracia en Chile.  

Además, vemos como esas tres variables puntuales que hemos descrito anteriormente, operan sobre varias de las dimensiones generales que determinan el desarrollo y consolidación de las democracias  y están enunciadas por Diamond, Hartlyn & Linz en su libro Democracy in Developing Countries (1999). Así pues, nuestra variable “a” opera sobre la dimensión del Political Leadership (Liderazgo Político) y el Historical Legacy (Legado Histórico), en tanto que la “b” lo hace sobre el liderazgo político, pero a la vez lo hace sobre la dimensión denominada Inequality, Class, and other cleavages (desigualdad, clases y otros clivajes); finalmente, la variable “c” opera sobre la dimensión de las Political Institutions (instituciones políticas; partidos en este caso) y la Political Culture (Cultura Política).

Las decisiones adoptadas por el liderazgo político luego de la independencia chilena

Este primer elemento remarca la concepción “excepcional” del proceso de establecimiento de la democracia chilena. Esto, toda vez que, como acota Valenzuela (Ob. Cit., p.195), en este país –a diferencia de lo que ocurrió en la mayoría de las otras naciones suramericanas- los héroes militares de las guerras de independencia no se constituyeron en caudillos que optaron por la vía de concentrar todo el poder político en un liderazgo personalista y autocrático, sino que por el contrario dieron los primeros pasos para tratar constituir una democracia liberal que, básicamente, respetara la separación de poderes.

Valenzuela hace especial énfasis en el caso de quien se consagra como el primer gran héroe nacional de Chile: el General Manuel Bulnes, a quien se le recuerda por haber conducido a las tropas chilenas durante la guerra llevada a cabo entre 1838 y 1839 contra la confederación Peruano-Boliviana. Bulnes, quien finalizada la guerra y entrado el año de 1840 se hace con la presidencia chilena, hace –según Valenzuela- importantes reformas que contribuyen a la creación de una verdadera República democrática, rehusando así convertirse en el típico caudillo militar latinoamericano:

First, Bulnes refused to rule autocratically, giving substancial autorithy to a designated cabinet carefully balanced to represent some of the most important factions of the loose governing coalition. Though executive power was a paramount, Bulnes permitted growing autonomy of the courts, and the legislature. In time, Congress became increasingly more assertive (…)(Valenzuela en Hartlyn, Diamond & Linz, Ob. Cit., p.195).
               
b) La apertura que da la derecha conservadora chilena a las reformas (la ampliación del derecho al sufragio) en el Siglo XIX.

Un asunto fundamental para entender la construcción de la sociedad política chilena en el siglo XIX es, según el propio Valenzuela, la pugna que surge entre los sectores socialmente conservadores y su contraparte liberal, debido a la discrepancia planteada en torno al grado de intervención que debía ejercer la iglesia católica en la política. Este tema es de hecho, a juicio de Valenzuela, el que generará el clivaje más importante en la sociedad chilena en el S. XIX, al punto de ser el punto de partida para la creación del longevo Partido Conservador Chileno que pugnará por el poder con el Partido Radical Chileno. (Valenzuela en Hartlyn, Diamond & Linz, Ob.Cit., p.196)

Una vez que los conservadores arriban al poder además del asunto religioso, la ampliación de los derechos políticos de los ciudadanos se vuelve un tema de discusión. Los Radicales atacarán a las administraciones conservadoras por acumular el poder y restringir las decisiones políticas en círculos elitistas muy cerrados, al tiempo que solicitarán que se amplíe el derecho al sufragio a la mayor cantidad posible de ciudadanos. Esta ampliación se dará, no de la noche para la mañana, pero sí de manera más rápida a como se dio en muchos países de Europa. 

Así pues los conservadores chilenos, como explica Valenzuela, harán reformas liberales claves en la extensión del derecho al sufragio de los ciudadanos, esto no porque se confiesen creyentes de la prédica liberal, sino porque en último término –contando con relativo apoyo popular para mediados del S.XIX- les permitió seguir capturando posiciones de gobierno y aliviar los clivajes existente con sus opositores (Ob.Cit, p.197). 

Esta temprana apertura liberal chilena, donde actores –aparentemente antagónicos- como los Radicales y los Conservadores logran llegar a ciertos puntos en común, aporta una experiencia importante para la construcción del sistema democrático en ese país.

c) La dinámica de generación de consensos para gobernar en el Siglo XX: el ganador no puede quedarse con todo

Siguiendo la explicación de Valenzuela, es destacable el hecho de que, desde 1932 hasta finales de los años noventa, la votación en las elecciones presidenciales chilenas estaba divida en tres tercios relativamente iguales: un tercio de los votantes tendían a inclinar su voto por las opciones de la derecha, mientras que un segundo tercio lo hacía por la izquierda y un tercero lo hacía por el centro (Ob.Cit, p.202). Este hecho fue coadyuvado, sin duda, por la temprana existencia en Chile de partidos que representaban a estas distintas tendencias ideológicas. 

Esta dinámica, en la que si un candidato presidencial quería ganar la elección presidencial debía pactar con alguna de las otras dos fuerzas (generando coaliciones electorales generalmente) o bien una vez en funciones de gobierno debía pactar con algunas de esas dos fuerzas para poder obtener mayoría en el Congreso, imposibilitaba en todo sentido que se impusiera la regla donde el ganador de la elección se lo llevaba todo y podía gobernar a sus anchas sin llegar a consensos con otras fuerzas políticas. 

Since majorities were impossible to achieve, Chilean presidents were invariably elected by coalitions or were forced to build governing coalitions with opposing parties in Congress after the election (…) (Valenzuela en Hartlyn, Diamond & Linz, Ob. Cit., p 203)

Esto originaba un ambiente de negociación permanente que obligaba al Presidente a tender puentes con sectores ideológicamente dispares al suyo, para poder mantener en funcionamiento las coaliciones de gobierno, hecho que  en todo caso devenía en una sana praxis que fortalecía la vida democrática del país. 

De hecho,  Valenzuela resalta que esta práctica se quiebra a mediados de los 60’s cuando, una vez en el poder, la Democracia Cristiana (Centro) cree que puede apoyarse en su respaldo popular para desmontar el tradicional sistema de gobierno bajo coaliciones e intenta –a través de Eduardo Frei- ejercer funciones gubernativas sin negociar, recurriendo a la concepción de que el partido mayoritario puede gobernar sólo. En este sentido los demócratas cristianos adelantan además una serie de reformas con las que vetan al Congreso en el manejo de asuntos vinculados con las decisiones económicas del país, recayendo estas últimas –luego de la reforma- en la exclusiva potestad del Presidente. Esto más tarde le pasará factura a la democracia chilena, puesto que Salvador Allende utilizará estos poderes en su administración presidencial para nacionalizar empresas y radicalizar su proyecto socialista, que al fin y al cabo terminará dando al traste con la democracia chilena  para abrir el paso a la era de la dictadura militar encabezada por el General Augusto Pinochet.

En resumen, la variable “a” de nuestro estudio explica desde el punto de vista de la historia, cómo Chile fue capaz de salirse de la tradición latinoamericana del caudillismo, a la vez que da cuenta de cómo el liderazgo político de hombres como el General Bulnes fue determinante para la construcción de la democracia chilena. 

Por su parte, la variable “b”  explica el “excepcionalismo chileno” desde la perspectiva donde el liderazgo político de la derecha conservadora fue capaz –más por razones prácticas que de convicción ideológica- de dar pasos hacia la ampliación del derecho al sufragio en este país en la segunda mitad del S.XIX, lo cual coadyuvó en la construcción del camino democrático. Si lo visualizamos en otra dimensión de estudio, la decisión de ampliar el derecho al sufragio en Chile y de atenuar la vinculación de la iglesia católica en los asuntos políticos ayudó disminuir la desigualdad política y por ende a reducir los clivajes sociales que podían comprometer el éxito de la democracia.

Finalmente, la variable “c” nos permite visualizar cómo el mantenimiento por parte de los chilenos de una cultura política que no tendió a polarizarse en torno a ideologías extremistas (sino que en cambio se compartía entre tres tendencias ideológicas) les posibilitó disfrutar de largas décadas de vida democrática. Por otra parte, la tendencia del rico sistema de partidos políticos chileno y la tradición de acudir a las elecciones y tratar de gobernar bajo coaliciones permitió también que el sistema democrático funcionara con éxito en dicho país. Prueba de ello es que, cuando un partido (la democracia cristiana) trató de gobernar sin consensuar con otras organizaciones, el sistema comenzó a hacer aguas. 

Nehomar Adolfo Hernández  (*)

Bibliografía:

Diamond L, Hartlyn J, Linz J & Lipset S. (1999). Democracy in developing countries. Colorado: Lynne Rienner.

(*) Paper elaborado para el seminario "Las democracias en América Latina" dictado por el Profesor Adolfo Vargas en la maestría en Ciencia Política de la Universidad Simón Bolívar. Caracas-Venezuela.


martes, 1 de octubre de 2013

Concepción de la propiedad privada en Locke: el trabajo como motor de transformación del hombre y su entorno

Un tema que no puede pasar inadvertido cuando reflexionamos sobre lo político en nuestros días es el concerniente al asunto de la propiedad privada. ¿Cómo nace? ¿Bajo qué argumentos se sostiene? ¿Es ésta el centro y origen de las desigualdades que existen entre los hombres en las sociedades modernas? ¿Puede ser vista como una palanca que media en la búsqueda del progreso humano?.  Son éstas sólo algunas de las preguntas que  podemos plantearnos al respecto; preguntas que pueden tener un interesante abordaje desde la perspectiva que plantea el filósofo británico John Locke en su “Ensayo sobre el Gobierno Civil”.

El nacimiento de la propiedad privada

Bajo la visión de que una entidad superior (Dios en este caso) ha creado un mundo vasto en recursos naturales -que a su vez están a la mano del hombre para que éste se beneficie de ellos- Locke comienza a edificar su razonamiento sobre el surgimiento de la propiedad privada en medio del llamado “estado de naturaleza”. La particularidad de la argumentación del filósofo británico es, de entrada, interesante en grado sumo; ya que dicho planteamiento se sustenta en suponer que el hombre, mucho antes de que se instituyeran las Leyes, el Estado y la llamada sociedad civil, decide de manera racional tomar posesión de un determinado pedazo de tierra para cultivarlo y obtener alimentos que le permitan prolongar su existencia.

John Locke 

Hay así un convencimiento absoluto en Locke sobre la bondad de Dios en el reparto de árboles frutales, tierras fértiles para el cultivo de cereales y animales silvestres perfectos para la caza que están destinados al aprovechamiento por parte del hombre quien, dicho sea de paso, estaría cometiendo un grave error al desperdiciar estos recursos que el divino creador ha puesto deliberadamente en su camino para que él los tome.  

Dios, que dio a los hombres la tierra en común, también les proporcionó la razón para que la utilizasen de la forma más ventajosa para la vida y más apta para todos. La tierra, y todo lo que ella encierra, se le dio al hombre para su sustento y bienestar. (Locke, 1987, p. 49)

Visto hasta aquí, el razonamiento del británico podría asociarse con una forma de ensalzar la ley del más fuerte o del más astuto del valle; sin embargo el argumento de Locke para ilustrar el nacimiento de la propiedad privada camina en otra dirección. Así pues, el apropiarse de algo no será un asunto netamente vinculado a desear, sino que más bien viene a realizarse en el plano del esfuerzo que realice el hombre para transformar ese deseo en una realidad material que, en último término, pueda saciar una necesidad que a éste se le presente. Bajo esta concepción, la propiedad privada surge en el mismo momento en el que un individuo, obedeciendo a su razón, decide dedicar todo su empeño en transformar una simple semilla en una jugosa manzana, o bien cuando -en vez de dejarse morir de inanición- utiliza todo su ingenio para elaborar un instrumento que le permita cazar liebres y se va al bosque a procurarse el alimento.   

El punto neurálgico en el razonamiento Lockeano es, como ya hemos adelantado, el entender como algo natural la apropiación por parte de los individuos de ciertos bienes que provee la naturaleza, en tanto y en cuanto los mismos han sido concedidos por gracia divina para que el hombre pudiese alimentarse y así dar cumplimiento a lo que Hobbes ya  sentenciaba como la primera gran ley natural, a saber: que el hombre se protegiese a sí mismo y lograra preservar su existencia.  

El animal es propiedad del que aplicó su trabajo para cazarlo, aunque antes perteneciese a todos por derecho común. Esta primitiva ley de la Naturaleza, a través de la cual comienza a darse la propiedad en aquello que antes era común, sigue estando en vigor aún entre quienes forman la parte civilizada del mundo (Ibídem, p.52).

 
Jean Jacques Rousseau 

Por el contrario, Jean Jacques Rousseau asomará en su “Discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres” que el surgimiento de la propiedad privada es solo el comienzo de una cadena de desgracias para el género humano, cosa que se traducirá en interminables enfrentamientos entre semejantes y que a su vez se acentuará cuando el hombre decida abandonar el estado de naturaleza para someterse así al gobierno civil, figura que, desde su perspectiva, viene a oprimir la libertad natural que es inherente al individuo desde su nacimiento.

En Rousseau, a diferencia de Locke, se advierte la creencia de que el surgimiento de la propiedad desata lo peor del hombre: egoísmo, vanidad, usura e ira. Para el ginebrino, el acto de apropiarse de un pedazo de tierra constituye una afrenta contra el estado de felicidad en el que viven los hombres bajo una suerte de comunitarismo primitivo, donde nadie es dueño de nada y por tanto las bajas pasiones del hombre no tienen espacio para aflorar.   

El primero a quien, después de cercar un terreno, se le ocurrió decir “Esto es mío”, y halló personas bastante sencillas para creerle, fue el verdadero fundador de la sociedad civil. ¡Cuántos crímenes, guerras, muertes, miserias y horrores habría ahorrado al género humano el que, arrancando las estacas o arrasando el foso, hubiera gritado a sus semejantes: ¡Guardaos de escuchar a ese impostor! (…) (Rousseau, 1973, p.101) 

En la concepción Rousseauniana el hombre en estado de naturaleza es perfectamente feliz porque vive en un mundo donde puede procurarse todo lo que necesita sin competir con el otro. En dicho estado el ser humano puede realizar su felicidad personal sin necesidad de apegarse a ningún bien material. De hecho, a través de esta concepción se sustenta la creencia de que quien toma posesión de la tierra, lo hace en virtud de que es -o pretende ser- más fuerte o más astuto que el otro, y por tanto abusa de él. Ahora bien, en Locke la visión sobre cómo y bajo qué argumento se puede validar el acto de apropiación es enteramente distinta a la del Rousseau. Revisémosla a continuación: 

El trabajo como factor de transformación de la realidad del hombre

Sin introducir abiertamente elementos de juicio moral, detrás de la visión que presenta Locke subyace la respuesta a una cuestión fundamental: si todos los hombres tienen igualdad de oportunidades para erigirse en “propietarios” cuando operan en estado de naturaleza, ¿Por qué razón unos lo logran mientras que otros terminan viviendo casi en la mendicidad?. La respuesta para el inglés parte de un premisa que resultará clave para entender todo su tratado sobre el gobierno civil: es el esfuerzo por cuenta propia que decide hacer el hombre para transformar un bien natural (una extensión de tierra) en un producto útil para su provecho (un cultivo de hortalizas) lo que en última instancia determina y hace válido que éste pueda ser el propietario de dicho bien.  

(…) Por tanto, siempre que cualquiera arranca una cosa del estado en que la creó y la dejó la Naturaleza, ha puesto algo de su esfuerzo en esta cosa, le ha añadido algo que es exclusivamente suyo; y por ello, la ha convertido en su propiedad. Habiendo sido él quien la ha separado de la condición común en que la naturaleza situó esa cosa, ha agregado a ésta, por medio de su esfuerzo, algo que elimina de ella el derecho común de los demás. (Locke, 1987, p. 50)

El punto expuesto por Locke sitúa al trabajo como elemento esencial en la transformación de la realidad del hombre, quien comienza a percatarse paulatinamente de que a través de éste puede, en primer lugar, lograr preservar su existencia y, en añadidura a ello, lograr hacerla cada vez más placentera. El trabajo encierra así una interesante paradoja: no es placentero per sé, pero el hombre lo realiza para poder vivir mejor.          

Detrás de todo esto gravita una máxima que Locke parece querer asomarnos sin gritarlo abiertamente: la calidad de vida que pueda llegar a tener el hombre en la tierra será directamente proporcional al nivel de esfuerzo que realice éste para procurársela. Entendemos como calidad de vida la cobertura de necesidades materiales del ser humano: comida, vivienda y vestido, por ejemplo.

 

Ahora bien: ¿Es el asumir al trabajo como elemento transformador de la realidad y en consecuencia la aparición de la propiedad privada lo que, inexorablemente, impulsa al hombre a abandonar el estado de naturaleza para vivir bajo la figura del gobierno civil?. Bajo la argumentación Lockeana puede intuirse que, en parte este razonamiento es válido. Lo es en tanto la aparición de la propiedad dota al hombre de la necesidad de resguardar sus bienes de cualquier daño y a la vez de la facultad para hacer con ellos lo que mejor le plazca. Para evitar que le roben o le dañen una parcela de tierra que él ha trabajado y a la vez para celebrar contratos con otros hombres, el individuo requiere de una autoridad que, en atención a una ley, le resguarde. Es allí donde entra en escena el Estado como figura necesaria.

El gobierno civil surgirá entonces como indispensable artificio para resguardar la libertad del hombre, esto es: para que este pueda proteger su vida, pero fundamentalmente para que este pueda resguardar lo que, mediado por su esfuerzo, ha hecho suyo. Si bien para Locke en estado de naturaleza los hombres son perfectamente capaces de llegar a acuerdos para no aniquilarse entre sí o bien para respetar sus propiedades e intercambiar bienes, no hay autoridad que haga cumplir una sanción en caso de que una de las partes decida quebrantar un determinado pacto, por lo que entonces se hace necesario un código común que permita vivir de acuerdo a ciertas reglas (La Ley) y un ente que sea capaz de juzgar y aplicar dicho código (El Estado o gobierno civil).   

Trascendiendo el momento de la aparición del gobierno civil, si ponemos en perspectiva el argumento de Locke que hemos descrito hasta aquí, bien puede pensarse que las sucesivas mejoras que ha incorporado el hombre a su vida durante toda la historia de la humanidad sólo han sido posibles gracias al acto –mediado por la razón- de decidir y posteriormente realizar transformaciones al medio en el que habita. Ergo, ha optado por trabajar para lograr cambios en el ámbito que le circunda. 

Esta visión, que apuesta por situar al hombre y su mano de obra como protagonistas en el proceso evolutivo de la humanidad resulta -como ya hemos enunciado previamente- antagónica a la sostenida por Rousseau y su constante lamentación por el hecho de que el hombre haya  abandonado el puro y virginal estado de naturaleza para vivir en una sociedad que, regida por el racionalismo y la búsqueda del progreso constante, termina permitiendo lo que él considera una atadura opresiva para la humanidad: el gobierno civil.

En definitiva­­: mientras que en una primera instancia el trabajo del hombre le permitió a éste saciar, por ejemplo, la necesidad básica de procurarse el alimento; andado el tiempo se hace inminente la aparición del deseo humano de vivir cada vez mejor, que ensancha exponencialmente el tamaño de las necesidades y expectativas de un hombre que, paulatinamente, se apasionará por el conocimiento de la ciencia y de las artes, que inventará utensilios que le faciliten las labores diarias, que perfeccionará mecanismos de intercambio comercial, entre otras innovaciones que irán surgiendo en el camino. La historia del hombre como ente creativo -mediante el esfuerzo intelectual y físico-, da cuenta de cómo el trabajo del individuo se erige en elemento central para entender el progreso humano, al menos en el campo material.

El trabajo y el valor de las cosas

De igual forma, este autor británico introducirá una teoría sobre cómo el trabajo dota de un valor real a las cosas: en su criterio poco o nada pueden valer mil hectáreas de tierra si son sólo eso, un montón de materia orgánica desierta y sin cultivar; indicando además que es posible juzgar la valía de este tipo de bienes naturales sólo cuando el hombre se ha dado a la tarea de transformarlos en algo que le pueda ser provechoso al género humano.

(…) Es, por tanto, el trabajo el que proporciona a la tierra la mayor parte de su valor, y sin él apenas tendría valor, es al esfuerzo al que le debemos la parte máxima de todos sus frutos útiles (…) (Ibídem, p. 64) 

Ahora bien, si un hombre es capaz de hacer estas grandes transformaciones con el sudor de su frente: ¿Conduce esto a una carrera desenfrenada en la que éste tiene carta abierta para apropiarse de todo cuanto vea a su paso?. La respuesta en este caso es negativa, en tanto que para Locke –como hemos dicho previamente- el acto de apropiación constituye un medio para que el hombre logre procurarse la supervivencia y no un mecanismo destinado a la acumulación indefinida per sé. 

De hecho, para el británico la pregunta anterior rayaría en lo ilógico, puesto que en la práctica es virtualmente imposible que un solo hombre pueda trabajar –y por tanto apropiarse- de miles y miles de hectáreas de tierra fértil. Solamente podría lograrlo si esclaviza a otros hombres para ello (cosa que atentaría contra la máxima que reza que el hombre es libre desde que nace) o bien si, mediante un convenio, otros hombres deciden trabajar para él por algún tipo de remuneración. Esto último si es lícito desde el punto de vista del pensamiento liberal, al tratarse de una decisión eminentemente personal de quien decide vender su mano de obra. Las relaciones contractuales entre un hombre que presta su fuerza de trabajo por dinero y otro que la paga serán a posteriori el leitmotiv del pensamiento Marxista, donde el análisis estará centrado en la propiedad de los medios de producción y en la relación de desigualdad existente entre una clase explotadora y  otra de explotados.  

La naturaleza delimitó bien la medida de la propiedad acomodándola a lo que alcanzan el esfuerzo de un hombre y las necesidades de la vida. Mediante su propio trabajo ningún hombre era capaz de cultivar y apropiarse de toda la tierra y solamente podía consumir por sí mismo una mínima parte de sus frutos (…) (Ibídem, pp. 56-57)    

Pero, volviendo al razonamiento de Locke: ¿Entonces, hasta qué punto es válido que el hombre vaya por la vida apropiándose de frutos, animales o extensiones de tierra?. El argumento es -entendiendo que un hombre solo puede trabajar una extensión limitada de tierra- que el individuo  debe poseer estrictamente los alimentos que pueda almacenar sin que éstos se descompongan. Es decir, si un hombre se apropia de tal cantidad de comida que le es imposible consumirla, a tal punto que una parte de ella se pudre, estaría incurriendo en algo que además de ser ilógico, representa una afrenta contra la bondad que tuvo Dios al momento de proveerle la tierra para el cultivo. Idéntico razonamiento se aplica a los peces que se extraen del mar o a los conejos que se cazan en el bosque, puesto que todo alimento tiende a descomponerse al pasar un determinado período de tiempo. 


A propósito de esto último es interesante el abordaje que hace Locke de la aparición del oro, los metales preciosos y los diamantes como objetos sujetos al intercambio, puesto que este conjunto de cosas permitieron, por una parte, dotar de un valor –convenido mutualmente entre los hombres- a los proventos del labrado, la recolección silvestre o la caza, y por la otra posibilita al hombre para despojarse de los bienes que no necesite antes de que estos se descompongan.  

Del mismo modo que los diferentes grados de la laboriosidad dependían las porciones de productos adquiridos, el invento del dinero dio oportunidad a los hombres de continuar adquiriendo y aumentando sus apropiaciones. (Ibídem, p. 68)  

Con la entrada en escena de la moneda y los metales y piedras preciosas como objetos de intercambio en las sociedades, el hombre estará así en capacidad de despojarse de los excedentes de alimentos que produzca su trabajo a cambio de cierta cantidad de dinero, dinero que luego éste puede canjear por otro tipo de bienes materiales que requiera para mejorar sus condiciones de vida. 

Nehomar Adolfo Hernández
  

Referencias bibliográficas

-Locke, J. (1987). Ensayo sobre el gobierno civil. Madrid: Ediciones y Distribuciones Alba.
-Rousseau, J.J. (1973). Discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres / El Contrato Social. Barcelona: Ediciones Orbis

*Ensayo realizado originalmente para la asignatura "Teoría Política" impartida por la Profesora Colette Capriles en la Maestría en Ciencia Política de la Universidad Simón Bolívar, Caracas -Venezuela