martes, 10 de diciembre de 2013

La democracia chilena vista a través de tres variables que explican su éxito






Según Valenzuela (1999, p. 191) el caso de la democracia chilena constituye un “excepcionalismo” dentro del establecimiento y desarrollo de las democracias en América Latina y, más aún, en las que tuvieron lugar en el cono sur del continente americano. 

Así pues, el “excepcionalismo” democrático chileno es explicable en la medida en que se entiende que en dicho país se produjeron ciertas situaciones puntuales que ayudaron al establecimiento de la democracia. Las variables que explican este fenómeno son múltiples, pero entre las más resaltantes encontramos las siguientes: a) Las decisiones adoptadas por el liderazgo político post independentista chileno, b) La apertura que da la derecha conservadora chilena a las reformas (la ampliación del derecho al sufragio) en el Siglo XIX y c) La dinámica de generación de consensos para gobernar en el Siglo XX: el ganador no puede quedarse con todo. En conclusión, consideramos que este conjunto de variables fueron determinantes en el establecimiento de la democracia en Chile.  

Además, vemos como esas tres variables puntuales que hemos descrito anteriormente, operan sobre varias de las dimensiones generales que determinan el desarrollo y consolidación de las democracias  y están enunciadas por Diamond, Hartlyn & Linz en su libro Democracy in Developing Countries (1999). Así pues, nuestra variable “a” opera sobre la dimensión del Political Leadership (Liderazgo Político) y el Historical Legacy (Legado Histórico), en tanto que la “b” lo hace sobre el liderazgo político, pero a la vez lo hace sobre la dimensión denominada Inequality, Class, and other cleavages (desigualdad, clases y otros clivajes); finalmente, la variable “c” opera sobre la dimensión de las Political Institutions (instituciones políticas; partidos en este caso) y la Political Culture (Cultura Política).

Las decisiones adoptadas por el liderazgo político luego de la independencia chilena

Este primer elemento remarca la concepción “excepcional” del proceso de establecimiento de la democracia chilena. Esto, toda vez que, como acota Valenzuela (Ob. Cit., p.195), en este país –a diferencia de lo que ocurrió en la mayoría de las otras naciones suramericanas- los héroes militares de las guerras de independencia no se constituyeron en caudillos que optaron por la vía de concentrar todo el poder político en un liderazgo personalista y autocrático, sino que por el contrario dieron los primeros pasos para tratar constituir una democracia liberal que, básicamente, respetara la separación de poderes.

Valenzuela hace especial énfasis en el caso de quien se consagra como el primer gran héroe nacional de Chile: el General Manuel Bulnes, a quien se le recuerda por haber conducido a las tropas chilenas durante la guerra llevada a cabo entre 1838 y 1839 contra la confederación Peruano-Boliviana. Bulnes, quien finalizada la guerra y entrado el año de 1840 se hace con la presidencia chilena, hace –según Valenzuela- importantes reformas que contribuyen a la creación de una verdadera República democrática, rehusando así convertirse en el típico caudillo militar latinoamericano:

First, Bulnes refused to rule autocratically, giving substancial autorithy to a designated cabinet carefully balanced to represent some of the most important factions of the loose governing coalition. Though executive power was a paramount, Bulnes permitted growing autonomy of the courts, and the legislature. In time, Congress became increasingly more assertive (…)(Valenzuela en Hartlyn, Diamond & Linz, Ob. Cit., p.195).
               
b) La apertura que da la derecha conservadora chilena a las reformas (la ampliación del derecho al sufragio) en el Siglo XIX.

Un asunto fundamental para entender la construcción de la sociedad política chilena en el siglo XIX es, según el propio Valenzuela, la pugna que surge entre los sectores socialmente conservadores y su contraparte liberal, debido a la discrepancia planteada en torno al grado de intervención que debía ejercer la iglesia católica en la política. Este tema es de hecho, a juicio de Valenzuela, el que generará el clivaje más importante en la sociedad chilena en el S. XIX, al punto de ser el punto de partida para la creación del longevo Partido Conservador Chileno que pugnará por el poder con el Partido Radical Chileno. (Valenzuela en Hartlyn, Diamond & Linz, Ob.Cit., p.196)

Una vez que los conservadores arriban al poder además del asunto religioso, la ampliación de los derechos políticos de los ciudadanos se vuelve un tema de discusión. Los Radicales atacarán a las administraciones conservadoras por acumular el poder y restringir las decisiones políticas en círculos elitistas muy cerrados, al tiempo que solicitarán que se amplíe el derecho al sufragio a la mayor cantidad posible de ciudadanos. Esta ampliación se dará, no de la noche para la mañana, pero sí de manera más rápida a como se dio en muchos países de Europa. 

Así pues los conservadores chilenos, como explica Valenzuela, harán reformas liberales claves en la extensión del derecho al sufragio de los ciudadanos, esto no porque se confiesen creyentes de la prédica liberal, sino porque en último término –contando con relativo apoyo popular para mediados del S.XIX- les permitió seguir capturando posiciones de gobierno y aliviar los clivajes existente con sus opositores (Ob.Cit, p.197). 

Esta temprana apertura liberal chilena, donde actores –aparentemente antagónicos- como los Radicales y los Conservadores logran llegar a ciertos puntos en común, aporta una experiencia importante para la construcción del sistema democrático en ese país.

c) La dinámica de generación de consensos para gobernar en el Siglo XX: el ganador no puede quedarse con todo

Siguiendo la explicación de Valenzuela, es destacable el hecho de que, desde 1932 hasta finales de los años noventa, la votación en las elecciones presidenciales chilenas estaba divida en tres tercios relativamente iguales: un tercio de los votantes tendían a inclinar su voto por las opciones de la derecha, mientras que un segundo tercio lo hacía por la izquierda y un tercero lo hacía por el centro (Ob.Cit, p.202). Este hecho fue coadyuvado, sin duda, por la temprana existencia en Chile de partidos que representaban a estas distintas tendencias ideológicas. 

Esta dinámica, en la que si un candidato presidencial quería ganar la elección presidencial debía pactar con alguna de las otras dos fuerzas (generando coaliciones electorales generalmente) o bien una vez en funciones de gobierno debía pactar con algunas de esas dos fuerzas para poder obtener mayoría en el Congreso, imposibilitaba en todo sentido que se impusiera la regla donde el ganador de la elección se lo llevaba todo y podía gobernar a sus anchas sin llegar a consensos con otras fuerzas políticas. 

Since majorities were impossible to achieve, Chilean presidents were invariably elected by coalitions or were forced to build governing coalitions with opposing parties in Congress after the election (…) (Valenzuela en Hartlyn, Diamond & Linz, Ob. Cit., p 203)

Esto originaba un ambiente de negociación permanente que obligaba al Presidente a tender puentes con sectores ideológicamente dispares al suyo, para poder mantener en funcionamiento las coaliciones de gobierno, hecho que  en todo caso devenía en una sana praxis que fortalecía la vida democrática del país. 

De hecho,  Valenzuela resalta que esta práctica se quiebra a mediados de los 60’s cuando, una vez en el poder, la Democracia Cristiana (Centro) cree que puede apoyarse en su respaldo popular para desmontar el tradicional sistema de gobierno bajo coaliciones e intenta –a través de Eduardo Frei- ejercer funciones gubernativas sin negociar, recurriendo a la concepción de que el partido mayoritario puede gobernar sólo. En este sentido los demócratas cristianos adelantan además una serie de reformas con las que vetan al Congreso en el manejo de asuntos vinculados con las decisiones económicas del país, recayendo estas últimas –luego de la reforma- en la exclusiva potestad del Presidente. Esto más tarde le pasará factura a la democracia chilena, puesto que Salvador Allende utilizará estos poderes en su administración presidencial para nacionalizar empresas y radicalizar su proyecto socialista, que al fin y al cabo terminará dando al traste con la democracia chilena  para abrir el paso a la era de la dictadura militar encabezada por el General Augusto Pinochet.

En resumen, la variable “a” de nuestro estudio explica desde el punto de vista de la historia, cómo Chile fue capaz de salirse de la tradición latinoamericana del caudillismo, a la vez que da cuenta de cómo el liderazgo político de hombres como el General Bulnes fue determinante para la construcción de la democracia chilena. 

Por su parte, la variable “b”  explica el “excepcionalismo chileno” desde la perspectiva donde el liderazgo político de la derecha conservadora fue capaz –más por razones prácticas que de convicción ideológica- de dar pasos hacia la ampliación del derecho al sufragio en este país en la segunda mitad del S.XIX, lo cual coadyuvó en la construcción del camino democrático. Si lo visualizamos en otra dimensión de estudio, la decisión de ampliar el derecho al sufragio en Chile y de atenuar la vinculación de la iglesia católica en los asuntos políticos ayudó disminuir la desigualdad política y por ende a reducir los clivajes sociales que podían comprometer el éxito de la democracia.

Finalmente, la variable “c” nos permite visualizar cómo el mantenimiento por parte de los chilenos de una cultura política que no tendió a polarizarse en torno a ideologías extremistas (sino que en cambio se compartía entre tres tendencias ideológicas) les posibilitó disfrutar de largas décadas de vida democrática. Por otra parte, la tendencia del rico sistema de partidos políticos chileno y la tradición de acudir a las elecciones y tratar de gobernar bajo coaliciones permitió también que el sistema democrático funcionara con éxito en dicho país. Prueba de ello es que, cuando un partido (la democracia cristiana) trató de gobernar sin consensuar con otras organizaciones, el sistema comenzó a hacer aguas. 

Nehomar Adolfo Hernández  (*)

Bibliografía:

Diamond L, Hartlyn J, Linz J & Lipset S. (1999). Democracy in developing countries. Colorado: Lynne Rienner.

(*) Paper elaborado para el seminario "Las democracias en América Latina" dictado por el Profesor Adolfo Vargas en la maestría en Ciencia Política de la Universidad Simón Bolívar. Caracas-Venezuela.


martes, 1 de octubre de 2013

Concepción de la propiedad privada en Locke: el trabajo como motor de transformación del hombre y su entorno

Un tema que no puede pasar inadvertido cuando reflexionamos sobre lo político en nuestros días es el concerniente al asunto de la propiedad privada. ¿Cómo nace? ¿Bajo qué argumentos se sostiene? ¿Es ésta el centro y origen de las desigualdades que existen entre los hombres en las sociedades modernas? ¿Puede ser vista como una palanca que media en la búsqueda del progreso humano?.  Son éstas sólo algunas de las preguntas que  podemos plantearnos al respecto; preguntas que pueden tener un interesante abordaje desde la perspectiva que plantea el filósofo británico John Locke en su “Ensayo sobre el Gobierno Civil”.

El nacimiento de la propiedad privada

Bajo la visión de que una entidad superior (Dios en este caso) ha creado un mundo vasto en recursos naturales -que a su vez están a la mano del hombre para que éste se beneficie de ellos- Locke comienza a edificar su razonamiento sobre el surgimiento de la propiedad privada en medio del llamado “estado de naturaleza”. La particularidad de la argumentación del filósofo británico es, de entrada, interesante en grado sumo; ya que dicho planteamiento se sustenta en suponer que el hombre, mucho antes de que se instituyeran las Leyes, el Estado y la llamada sociedad civil, decide de manera racional tomar posesión de un determinado pedazo de tierra para cultivarlo y obtener alimentos que le permitan prolongar su existencia.

John Locke 

Hay así un convencimiento absoluto en Locke sobre la bondad de Dios en el reparto de árboles frutales, tierras fértiles para el cultivo de cereales y animales silvestres perfectos para la caza que están destinados al aprovechamiento por parte del hombre quien, dicho sea de paso, estaría cometiendo un grave error al desperdiciar estos recursos que el divino creador ha puesto deliberadamente en su camino para que él los tome.  

Dios, que dio a los hombres la tierra en común, también les proporcionó la razón para que la utilizasen de la forma más ventajosa para la vida y más apta para todos. La tierra, y todo lo que ella encierra, se le dio al hombre para su sustento y bienestar. (Locke, 1987, p. 49)

Visto hasta aquí, el razonamiento del británico podría asociarse con una forma de ensalzar la ley del más fuerte o del más astuto del valle; sin embargo el argumento de Locke para ilustrar el nacimiento de la propiedad privada camina en otra dirección. Así pues, el apropiarse de algo no será un asunto netamente vinculado a desear, sino que más bien viene a realizarse en el plano del esfuerzo que realice el hombre para transformar ese deseo en una realidad material que, en último término, pueda saciar una necesidad que a éste se le presente. Bajo esta concepción, la propiedad privada surge en el mismo momento en el que un individuo, obedeciendo a su razón, decide dedicar todo su empeño en transformar una simple semilla en una jugosa manzana, o bien cuando -en vez de dejarse morir de inanición- utiliza todo su ingenio para elaborar un instrumento que le permita cazar liebres y se va al bosque a procurarse el alimento.   

El punto neurálgico en el razonamiento Lockeano es, como ya hemos adelantado, el entender como algo natural la apropiación por parte de los individuos de ciertos bienes que provee la naturaleza, en tanto y en cuanto los mismos han sido concedidos por gracia divina para que el hombre pudiese alimentarse y así dar cumplimiento a lo que Hobbes ya  sentenciaba como la primera gran ley natural, a saber: que el hombre se protegiese a sí mismo y lograra preservar su existencia.  

El animal es propiedad del que aplicó su trabajo para cazarlo, aunque antes perteneciese a todos por derecho común. Esta primitiva ley de la Naturaleza, a través de la cual comienza a darse la propiedad en aquello que antes era común, sigue estando en vigor aún entre quienes forman la parte civilizada del mundo (Ibídem, p.52).

 
Jean Jacques Rousseau 

Por el contrario, Jean Jacques Rousseau asomará en su “Discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres” que el surgimiento de la propiedad privada es solo el comienzo de una cadena de desgracias para el género humano, cosa que se traducirá en interminables enfrentamientos entre semejantes y que a su vez se acentuará cuando el hombre decida abandonar el estado de naturaleza para someterse así al gobierno civil, figura que, desde su perspectiva, viene a oprimir la libertad natural que es inherente al individuo desde su nacimiento.

En Rousseau, a diferencia de Locke, se advierte la creencia de que el surgimiento de la propiedad desata lo peor del hombre: egoísmo, vanidad, usura e ira. Para el ginebrino, el acto de apropiarse de un pedazo de tierra constituye una afrenta contra el estado de felicidad en el que viven los hombres bajo una suerte de comunitarismo primitivo, donde nadie es dueño de nada y por tanto las bajas pasiones del hombre no tienen espacio para aflorar.   

El primero a quien, después de cercar un terreno, se le ocurrió decir “Esto es mío”, y halló personas bastante sencillas para creerle, fue el verdadero fundador de la sociedad civil. ¡Cuántos crímenes, guerras, muertes, miserias y horrores habría ahorrado al género humano el que, arrancando las estacas o arrasando el foso, hubiera gritado a sus semejantes: ¡Guardaos de escuchar a ese impostor! (…) (Rousseau, 1973, p.101) 

En la concepción Rousseauniana el hombre en estado de naturaleza es perfectamente feliz porque vive en un mundo donde puede procurarse todo lo que necesita sin competir con el otro. En dicho estado el ser humano puede realizar su felicidad personal sin necesidad de apegarse a ningún bien material. De hecho, a través de esta concepción se sustenta la creencia de que quien toma posesión de la tierra, lo hace en virtud de que es -o pretende ser- más fuerte o más astuto que el otro, y por tanto abusa de él. Ahora bien, en Locke la visión sobre cómo y bajo qué argumento se puede validar el acto de apropiación es enteramente distinta a la del Rousseau. Revisémosla a continuación: 

El trabajo como factor de transformación de la realidad del hombre

Sin introducir abiertamente elementos de juicio moral, detrás de la visión que presenta Locke subyace la respuesta a una cuestión fundamental: si todos los hombres tienen igualdad de oportunidades para erigirse en “propietarios” cuando operan en estado de naturaleza, ¿Por qué razón unos lo logran mientras que otros terminan viviendo casi en la mendicidad?. La respuesta para el inglés parte de un premisa que resultará clave para entender todo su tratado sobre el gobierno civil: es el esfuerzo por cuenta propia que decide hacer el hombre para transformar un bien natural (una extensión de tierra) en un producto útil para su provecho (un cultivo de hortalizas) lo que en última instancia determina y hace válido que éste pueda ser el propietario de dicho bien.  

(…) Por tanto, siempre que cualquiera arranca una cosa del estado en que la creó y la dejó la Naturaleza, ha puesto algo de su esfuerzo en esta cosa, le ha añadido algo que es exclusivamente suyo; y por ello, la ha convertido en su propiedad. Habiendo sido él quien la ha separado de la condición común en que la naturaleza situó esa cosa, ha agregado a ésta, por medio de su esfuerzo, algo que elimina de ella el derecho común de los demás. (Locke, 1987, p. 50)

El punto expuesto por Locke sitúa al trabajo como elemento esencial en la transformación de la realidad del hombre, quien comienza a percatarse paulatinamente de que a través de éste puede, en primer lugar, lograr preservar su existencia y, en añadidura a ello, lograr hacerla cada vez más placentera. El trabajo encierra así una interesante paradoja: no es placentero per sé, pero el hombre lo realiza para poder vivir mejor.          

Detrás de todo esto gravita una máxima que Locke parece querer asomarnos sin gritarlo abiertamente: la calidad de vida que pueda llegar a tener el hombre en la tierra será directamente proporcional al nivel de esfuerzo que realice éste para procurársela. Entendemos como calidad de vida la cobertura de necesidades materiales del ser humano: comida, vivienda y vestido, por ejemplo.

 

Ahora bien: ¿Es el asumir al trabajo como elemento transformador de la realidad y en consecuencia la aparición de la propiedad privada lo que, inexorablemente, impulsa al hombre a abandonar el estado de naturaleza para vivir bajo la figura del gobierno civil?. Bajo la argumentación Lockeana puede intuirse que, en parte este razonamiento es válido. Lo es en tanto la aparición de la propiedad dota al hombre de la necesidad de resguardar sus bienes de cualquier daño y a la vez de la facultad para hacer con ellos lo que mejor le plazca. Para evitar que le roben o le dañen una parcela de tierra que él ha trabajado y a la vez para celebrar contratos con otros hombres, el individuo requiere de una autoridad que, en atención a una ley, le resguarde. Es allí donde entra en escena el Estado como figura necesaria.

El gobierno civil surgirá entonces como indispensable artificio para resguardar la libertad del hombre, esto es: para que este pueda proteger su vida, pero fundamentalmente para que este pueda resguardar lo que, mediado por su esfuerzo, ha hecho suyo. Si bien para Locke en estado de naturaleza los hombres son perfectamente capaces de llegar a acuerdos para no aniquilarse entre sí o bien para respetar sus propiedades e intercambiar bienes, no hay autoridad que haga cumplir una sanción en caso de que una de las partes decida quebrantar un determinado pacto, por lo que entonces se hace necesario un código común que permita vivir de acuerdo a ciertas reglas (La Ley) y un ente que sea capaz de juzgar y aplicar dicho código (El Estado o gobierno civil).   

Trascendiendo el momento de la aparición del gobierno civil, si ponemos en perspectiva el argumento de Locke que hemos descrito hasta aquí, bien puede pensarse que las sucesivas mejoras que ha incorporado el hombre a su vida durante toda la historia de la humanidad sólo han sido posibles gracias al acto –mediado por la razón- de decidir y posteriormente realizar transformaciones al medio en el que habita. Ergo, ha optado por trabajar para lograr cambios en el ámbito que le circunda. 

Esta visión, que apuesta por situar al hombre y su mano de obra como protagonistas en el proceso evolutivo de la humanidad resulta -como ya hemos enunciado previamente- antagónica a la sostenida por Rousseau y su constante lamentación por el hecho de que el hombre haya  abandonado el puro y virginal estado de naturaleza para vivir en una sociedad que, regida por el racionalismo y la búsqueda del progreso constante, termina permitiendo lo que él considera una atadura opresiva para la humanidad: el gobierno civil.

En definitiva­­: mientras que en una primera instancia el trabajo del hombre le permitió a éste saciar, por ejemplo, la necesidad básica de procurarse el alimento; andado el tiempo se hace inminente la aparición del deseo humano de vivir cada vez mejor, que ensancha exponencialmente el tamaño de las necesidades y expectativas de un hombre que, paulatinamente, se apasionará por el conocimiento de la ciencia y de las artes, que inventará utensilios que le faciliten las labores diarias, que perfeccionará mecanismos de intercambio comercial, entre otras innovaciones que irán surgiendo en el camino. La historia del hombre como ente creativo -mediante el esfuerzo intelectual y físico-, da cuenta de cómo el trabajo del individuo se erige en elemento central para entender el progreso humano, al menos en el campo material.

El trabajo y el valor de las cosas

De igual forma, este autor británico introducirá una teoría sobre cómo el trabajo dota de un valor real a las cosas: en su criterio poco o nada pueden valer mil hectáreas de tierra si son sólo eso, un montón de materia orgánica desierta y sin cultivar; indicando además que es posible juzgar la valía de este tipo de bienes naturales sólo cuando el hombre se ha dado a la tarea de transformarlos en algo que le pueda ser provechoso al género humano.

(…) Es, por tanto, el trabajo el que proporciona a la tierra la mayor parte de su valor, y sin él apenas tendría valor, es al esfuerzo al que le debemos la parte máxima de todos sus frutos útiles (…) (Ibídem, p. 64) 

Ahora bien, si un hombre es capaz de hacer estas grandes transformaciones con el sudor de su frente: ¿Conduce esto a una carrera desenfrenada en la que éste tiene carta abierta para apropiarse de todo cuanto vea a su paso?. La respuesta en este caso es negativa, en tanto que para Locke –como hemos dicho previamente- el acto de apropiación constituye un medio para que el hombre logre procurarse la supervivencia y no un mecanismo destinado a la acumulación indefinida per sé. 

De hecho, para el británico la pregunta anterior rayaría en lo ilógico, puesto que en la práctica es virtualmente imposible que un solo hombre pueda trabajar –y por tanto apropiarse- de miles y miles de hectáreas de tierra fértil. Solamente podría lograrlo si esclaviza a otros hombres para ello (cosa que atentaría contra la máxima que reza que el hombre es libre desde que nace) o bien si, mediante un convenio, otros hombres deciden trabajar para él por algún tipo de remuneración. Esto último si es lícito desde el punto de vista del pensamiento liberal, al tratarse de una decisión eminentemente personal de quien decide vender su mano de obra. Las relaciones contractuales entre un hombre que presta su fuerza de trabajo por dinero y otro que la paga serán a posteriori el leitmotiv del pensamiento Marxista, donde el análisis estará centrado en la propiedad de los medios de producción y en la relación de desigualdad existente entre una clase explotadora y  otra de explotados.  

La naturaleza delimitó bien la medida de la propiedad acomodándola a lo que alcanzan el esfuerzo de un hombre y las necesidades de la vida. Mediante su propio trabajo ningún hombre era capaz de cultivar y apropiarse de toda la tierra y solamente podía consumir por sí mismo una mínima parte de sus frutos (…) (Ibídem, pp. 56-57)    

Pero, volviendo al razonamiento de Locke: ¿Entonces, hasta qué punto es válido que el hombre vaya por la vida apropiándose de frutos, animales o extensiones de tierra?. El argumento es -entendiendo que un hombre solo puede trabajar una extensión limitada de tierra- que el individuo  debe poseer estrictamente los alimentos que pueda almacenar sin que éstos se descompongan. Es decir, si un hombre se apropia de tal cantidad de comida que le es imposible consumirla, a tal punto que una parte de ella se pudre, estaría incurriendo en algo que además de ser ilógico, representa una afrenta contra la bondad que tuvo Dios al momento de proveerle la tierra para el cultivo. Idéntico razonamiento se aplica a los peces que se extraen del mar o a los conejos que se cazan en el bosque, puesto que todo alimento tiende a descomponerse al pasar un determinado período de tiempo. 


A propósito de esto último es interesante el abordaje que hace Locke de la aparición del oro, los metales preciosos y los diamantes como objetos sujetos al intercambio, puesto que este conjunto de cosas permitieron, por una parte, dotar de un valor –convenido mutualmente entre los hombres- a los proventos del labrado, la recolección silvestre o la caza, y por la otra posibilita al hombre para despojarse de los bienes que no necesite antes de que estos se descompongan.  

Del mismo modo que los diferentes grados de la laboriosidad dependían las porciones de productos adquiridos, el invento del dinero dio oportunidad a los hombres de continuar adquiriendo y aumentando sus apropiaciones. (Ibídem, p. 68)  

Con la entrada en escena de la moneda y los metales y piedras preciosas como objetos de intercambio en las sociedades, el hombre estará así en capacidad de despojarse de los excedentes de alimentos que produzca su trabajo a cambio de cierta cantidad de dinero, dinero que luego éste puede canjear por otro tipo de bienes materiales que requiera para mejorar sus condiciones de vida. 

Nehomar Adolfo Hernández
  

Referencias bibliográficas

-Locke, J. (1987). Ensayo sobre el gobierno civil. Madrid: Ediciones y Distribuciones Alba.
-Rousseau, J.J. (1973). Discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres / El Contrato Social. Barcelona: Ediciones Orbis

*Ensayo realizado originalmente para la asignatura "Teoría Política" impartida por la Profesora Colette Capriles en la Maestría en Ciencia Política de la Universidad Simón Bolívar, Caracas -Venezuela 

domingo, 12 de mayo de 2013

La revolución y la modernidad / Vigencia de la democracia en nuestro tiempo





La revolución y la modernidad

Sobre un término tan manido hoy día como es el de la "revolución" conviene, en primer lugar, aproximarnos a él en el entendido de que -como establece Dunn- los cambios revolucionarios operan allí donde se produce una transformación de manera brusca en un sistema. Según el autor, la ecuación que conjuga lo que podemos entender como una revolución tiene lugar cuando el cambio es rápido, tiene un masivo apoyo popular y entraña un componente violento (p. 12).

Ahora bien, ¿Se puede decir que las revoluciones son fenónemos eminentemente asociados con la modernidad?. En cierto modo este asunto puede tener una respuesta afirmativa, siempre y cuando entendamos por "lo moderno" algo que no necesariamente se circunscribe al Siglo XX o XXI, sino que puede ir un poco más atrás en el tiempo.

Bajo este razonamiento, podríamos situar como el gran hito de la revolución mundial al cambio drástico que, buscando el establecimiento del sistema republicano, dio al traste con la monarquía francesa a finales del siglo XVIII (La Revolución Francesa). Aquí está el meollo del asunto, puesto que mediante las razones argüidas por Dunn, la revolución -entendida como hecho asociado a la modernidad- lo es en virtud de que se concibe como una forma de canalizar el descontento que una masa de individuos considerable emprende contra la forma como se llevan a cabo las relaciones económicas en el medio en el que habitan. Particularmente, en el caso que aludimos este hecho se hace manifiesto en el descontento que la burguesía (máxima generadora de capital para la época) busca canalizar contra la nobleza francesa que para entonces se había tornado parasitaria.

Bajo este esquema de razonamiento, resulta evidente que las revoluciones sólo pueden ser vistas como una consecuencia directa de la modernidad. Pero, ¿Qué modernidad? Pues, por una parte, aquella donde las monarquías comienzan a ser cuestionadas, en pos de la búsqueda de la implantación de la República (como sucede en Francia), y por otra en la inherente a los sistemas políticos dónde el estancamiento (generalmente económico) deja de ser aceptado de manera laxa por las sociedades. Para ambos casos, la solución revolucionaria siempre se erige en opción prometedora, en alternativa de porvenir, en remedio mágico a los problemas del presente mediante un futuro que implica progreso inmediato y, a la vez, destrucción al viejo -y carcomido- sistema que ya no proporciona respuestas a las necesidades de las grandes mayorías.

Así pues, las revoluciones nacerán en donde vastos sectores populares comienzan a elevar sus niveles de demanda en todos los ámbitos, pero esenciamente en el económico. Aspectos como la participación política y el ser sujetos de derecho (con arreglo a la ley y no a la voluntad de un monarca o mandamás de turno) serán caldo de cultivo para que detonen las revoluciones. La modernidad será el escenario propicio para que estos hechos se lleven a cabo, en la medida en que sólo bajo su lógica podrá un individuo que antes era siervo tener el atrevimiento de reclamar el goce de la ciudadanía, con todo lo que esta condición implica.

Además de ello Dunn refiere un aspecto medular que posibilita el hecho de que, sólo en el marco de la modernidad, sea posible generar una revolución. Esto es, el fenómeno de la creación de las grandes urbes, de la concentración de gigantescos grupos humanos en grandes ciudades. De esta forma, la ciudad -cuna del desarrollo en nuestros tiempos- se rige por un conjunto de relaciones económicas (que luego repercuten en otros ámbitos) que se establecen entre las grandes masas trabajadoras y los pequeños grupos que poseen el capital, lo cual a la larga podría servir como caldo de cultivo para que ebulla la revolución. De allí que también podamos entender que el fenómeno de "las masas" es algo eminentemente moderno y que toda revolución pasa primero por ser un hecho que debe contar con un apoyo masivo.

El asunto de las revoluciones se circunscribe pues, esencialmente al tema de la justicia y la búsqueda de la igualdad, o bien de generar un recambio político cuando una élite gobernante ya no tiene sintonía con los gobernados; conquistas que han ido surgiendo de manera paulatina producto de la modernidad. Por ejemplo, era impensable que en pleno apogeo de la edad feudal los siervos de gleba se agruparan para, de manera violenta, acabar con el estado de cosas que encabezaba su Señor, tanto más cuando éste último inclusive estaba allí por designio de Dios para gobernarles.


Vigencia de la democracia en nuestro tiempo

Actualmente resulta difícil que un país pueda operar bajo un régimen abiertamente dictatorial, tanto más cuando los organismos, tratados y convenios internacionales se erigen en muros de contención para que éste tipo de gobiernos despóticos no puedan operar a sus anchas.
           
Si bien durante buena parte del Siglo pasado el fenómeno de las dictaduras brotó en muchas partes del mundo (especialmente en Latinoamérica y África), hoy día la existencia de la "comunidad internacional", que a su vez contempla la creación de organismos de vigilancia para el respeto a los Derechos Humanos, hace cuesta arriba que un gobierno pura y sencillamente dictatorial pueda establecer con éxito relaciones con los demás países que hacen vida dentro de estos entes. De allí pues, la importancia sustantiva de la existencia de instancias como la Organización de Naciones Unidas (ONU) o la Organización de Estados Americanos (OEA), tribunas de alcance internacional desde donde -aún con deficiencias- se vela por el cumplimiento de ciertos principios democráticos y de respeto a la pluralidad política por parte de los gobiernos de sus países miembros.
           
Esto no significa que hoy, en pleno Siglo XXI, no exista la tentación -autoritaria en algunos casos y totalitaria en otros- de ciertos gobiernos del mundo por abandonar la senda de lo que presupone gobernar de manera democrática. Sin embargo, los gobernantes que se inclinan por ejercer el poder bajo estas formas (que se podrían calificar como híbridas, puesto que cabalgan entre la democracia y la dictadura) necesariamente se ven presionados por todas las condiciones que hemos descrito anteriormente y terminan dotando de una fachada democrática sus actuaciones.

Así pues, el mero hecho de la existencia de estos organismos y el avance en torno a un consenso en el pensamiento político mundial donde se asume que la democracia es, efectivamente,  la forma menos mala de gobierno (vista su capacidad de autocorregirse), hace que hasta los propios golpes de estado militares que puedan darse en la contemporaneidad se vean en la necesidad de emplear mascaradas y razonamientos aderezados de democracia y búsqueda de respeto a la ley para ser justificados ante la comunidad internacional. Hoy por hoy resulta cien veces más difícil que hace un Siglo emprender una asonada militar para deponer a un gobierno democráticamente electo.

Esto que hemos dicho puede confirmarse en la tendencia a que las dictaduras abiertamente declaradas se hayan extinguido progresivamente del planeta, para así dar paso a regímenes democráticos, o bien a que los gobiernos de corte dictatorial que aún perviven en el mundo tengan que emplear excusas permanentes para -así sea mediante procesos electorales truculentos o plebiscitarios- lograr lavarse la cara con el agua de la democracia. No es casualidad que en Europa quede en pie, actualmente, solamente una dictadura (la de Lukashenko en Bielorrusia), o que en Latinoamérica (que en algún momento llegó a ser gobernada enteramente por dictadores militares, a excepción de un par de países entre los que se incluye Venezuela) ya no existan este tipo de gobiernos autoritarios.

Nehomar Adolfo Hernández 



Bibliografía

DUNN, John (1989): Modern Revolutions, Cambridge University Press; pp. 1-23.


*Trabajo realizado por el autor para la asignatura "Elementos para el análisis político" de la Maestría en Ciencia Política de la Universidad Simón Bolívar (USB).

martes, 7 de mayo de 2013

Democracia y representación / Populismo







Democracia y representación

Las democracias modernas, amén de que progresivamente han venido incorporando mecanismos que posibilitan la participación directa de las personas en la toma de decisiones y ejecución de algunas acciones de gobierno, funcionan basadas esencialmente bajo un esquema donde la representación de grandes grupos humanos es ejercida por un grupo reducido de personas. De allí que a todas luces, hoy en día, conseguir un método que posibilite el "gobierno de todos", prescindiendo de mecanismos de representación, luce como algo quimérico y por ende inviable.

Tratar de analogar la República de los antiguos con las complejas particularidades que entrañan nuestras democracias modernas es bastante difícil. En Grecia el ejercicio de la política era cuasi obligatorio, en tanto los ciudadanos eran tales en cuanto primero eran sujetos políticos (que se debían a la Polis y por ende debían dedicar su vida a construirla a través de una deliberación permanente con sus pares). Tal ejercicio, evidenciado en las largas horas de debate que consumían los hombres disertando sobre lo bueno y lo malo en el ágora, les desvinculaba de otras labores que son esenciales para hacer que las sociedades, de manera integral, lleguen a buen puerto: la vida familiar, el trabajo productivo, entre otras.   

La democracia de hoy día, entendida como la forma de gobierno que orienta sus acciones en función de los intereses de todas las personas que hacen vida en la nación, no puede pretender que, en sociedades tan grandes y complejas como las de nuestro tiempo, absolutamente todos podamos adelantar actuaciones de gobierno. Aquí se parte de reconocer el hecho de que estamos en presencia de sociedades muy numerosas, y de que por consiguiente es necesaria la escogencia de un grupo de individuos para que lleven a cabo estas acciones y allí es donde radica la importancia de la representación política. Este principio, palabras más palabras menos, es el que de alguna forma justifica la existencia del Estado moderno y sus ramificaciones.

La forma más fácil de entender por qué es necesario e ineludible el fenómeno de la representación en lo político pasa por comprender cómo se conducen las sociedades modernas: desde que aparece la división del trabajo, hasta su progresivo perfeccionamiento producto de la especialización en distintos ámbitos que apreciamos hoy día, es evidente que el hombre -amén de ser animal político al vivir en comunidad- no puede devenir exclusivamente en un ser dedicado 24 horas a la política. El que toda la sociedad viva solamente para sumarse al extenuante y permanente ejercicio de la deliberación para la construcción de consensos que implican las democracias modernas llevaría a lo que Sartori describe como ese "exceso de política" que terminó hundiendo a la sociedad griega.  

Ahora bien, toda vez que se asume que es necesario el fenómeno de la representación dentro de la política, es ineludible señalar que son los partidos políticos los principales actores llamados a funcionar como bisagra de vinculación entre lo que hoy conocemos como la sociedad y el Estado.

En el entendido de que es el partido político la única organización que asume como fin último el participar o influir de alguna manera en la conducción del Estado (lograr una bancada parlamentaria o ganar las elecciones Presidenciales, por ejemplo), es este tipo de organización -y no otra- la llamada a detentar la representación de los ciudadanos en la arena política.

Resulta difícil que otro tipo de organizaciones que indirectamente están vinculadas con el ejercicio de la política (como podría ser el caso de las ONG's), puedan ser las depositarias de la representación de los ciudadanos en este ámbito. Esto, toda vez que, precisamente por la forma de constituirse que tiene este tipo de asociación, éstas no prevén como objetivo final el alcanzar puestos de conducción del aparato Estatal.

Así pues, el partido político como actor representativo de los ciudadanos en las democracias, lo es esencialmente en virtud de dos cosas: 1) Entiende que el poder político se ejerce y se articula desde el Estado 2) Es el único tipo de agrupación que se  organiza abiertamente con el objetivo específico de tomar el poder (o cuotas de éste), contemplando para ello el alcanzar posiciones de dirección dentro del Estado.

Partiendo del hecho de que las democracias del mundo moderno comportan en gran medida un componente representativo y que esta representación necesariamente debe estar dotada de legitimidad -que se ratifica cada cierto tiempo a través de elecciones-, los partidos políticos son la estructura orgánica necesaria para que todo el sistema representativo (donde cada uno de los sectores de la sociedad pueda verse reflejado) pueda funcionar. Es allí cuando aquella frase de que "las democracias sin partidos políticos no pueden existir" cobra plena verosimilitud.

Populismo

El populismo es un fenómeno estrechamente vinculado con el desarrollo de las sociedades modernas y por consiguiente atado a la modernización. Tal y como plantea Moscoso (1990, p. 267) el gérmen de este fenómeno puede rastrearse en la entrada en escena de la llamada sociedad de masas, siendo apalancado además por el crecimiento de las grandes ciudades (con las complejidades sociales que esto entraña), así como por la potencia con la que cada vez más han ido creciendo los medios de comunicación.

De esta forma, el populismo tiene al "pueblo" como sustrato de su acción. Esto es, el pueblo como una masa de personas; el pueblo como ese conjunto uniforme que es susceptible de ser bombardeado por la propaganda política a través de los medios de comunicación masiva; el pueblo como ese tejido más o menos parejo que se confunde en un todo durante un mitín.

El populismo hallará caldo de cultivo en la modernidad, donde encontrará muchas veces sociedades problematizadas en las que las instituciones no han sido capaces de canalizar las demandas -siempre crecientes- de algunos sectores y están sujetas a sufrir procesos de deslegitimación progresiva (partidos políticos y organismos del Estado), apelando para ello al discurso encendido que pretende sustituir a estas instituciones por la conexión directa entre las necesidades de esa masa y el líder carismático que puede solucionarlas.

El líder populista -carismático por excelencia-, encontrará además en la modernidad las herramientas para lograr posicionar su discurso en las masas: medios de comunicación cada vez más tecnificados, que a su vez permiten que la labor propagandística se facilite y que por tanto posibilitan inyectar en la sociedad de manera más rápida y efectiva todas las ideas que se pretenden inculcar.

Por otra parte, en el crecimiento de las grandes ciudades y asentamientos urbanos (fenómeno íntimamente ligado al ideal de modernidad) se producen relaciones entre empleadores y empleados que naturalmente conducen a desigualdades económicas y de estratificación. Esto buscará ser capitalizado al máximo por el líder populista, que amalgamará su discurso para atizar la polémica en torno a las relaciones de dominación que ejerce un grupo sobre el otro, para así lograr posicionar en el imaginario colectivo la idea de que es posible trascender esta estructura si se confía en el líder. Esto es, esencialmente, la personificación del redentor social de los trabajadores y oprimidos.

Un teórico latinoamericano que advirtió claramente la vinculación entre la sociedad moderna y el populismo fue el argentino Norberto Ceresole, quien en conocimiento de que la modernidad entrañaba en el campo político el cuestionamiento a los partidos y la deslegitimación de las instituciones del Estado, planteó la tesis donde, partiendo del hombre carismático, era posible hacerse con el poder a través de un discurso de descrédito al sistema y que, sin que mediaran partidos políticos ni instituciones, a la vez se privilegiara la conexión caudillo-ejército-pueblo. A través de  la construcción de esta conexión que elimina las alcabalas de las instituciones y pretende vincular la necesidades del pueblo directamente con la capacidad de resolverlas que tiene el líder, se pone en evidencia un fenómeno político distintivo de las sociedades modernas: la aspiración de que las demandas sociales sean canalizadas de inmediato. 

Nehomar Adolfo Hernández


Bibliografía

MOSCOSO, C (1990). El populismo en América Latina, Centro de Estudios Constitucionales, Madrid; pp. 267-271.

*Trabajo realizado por el autor para la asignatura "Elementos para el análisis político" de la Maestría en Ciencia Política de la Universidad Simón Bolívar (USB).