martes, 1 de octubre de 2013

Concepción de la propiedad privada en Locke: el trabajo como motor de transformación del hombre y su entorno

Un tema que no puede pasar inadvertido cuando reflexionamos sobre lo político en nuestros días es el concerniente al asunto de la propiedad privada. ¿Cómo nace? ¿Bajo qué argumentos se sostiene? ¿Es ésta el centro y origen de las desigualdades que existen entre los hombres en las sociedades modernas? ¿Puede ser vista como una palanca que media en la búsqueda del progreso humano?.  Son éstas sólo algunas de las preguntas que  podemos plantearnos al respecto; preguntas que pueden tener un interesante abordaje desde la perspectiva que plantea el filósofo británico John Locke en su “Ensayo sobre el Gobierno Civil”.

El nacimiento de la propiedad privada

Bajo la visión de que una entidad superior (Dios en este caso) ha creado un mundo vasto en recursos naturales -que a su vez están a la mano del hombre para que éste se beneficie de ellos- Locke comienza a edificar su razonamiento sobre el surgimiento de la propiedad privada en medio del llamado “estado de naturaleza”. La particularidad de la argumentación del filósofo británico es, de entrada, interesante en grado sumo; ya que dicho planteamiento se sustenta en suponer que el hombre, mucho antes de que se instituyeran las Leyes, el Estado y la llamada sociedad civil, decide de manera racional tomar posesión de un determinado pedazo de tierra para cultivarlo y obtener alimentos que le permitan prolongar su existencia.

John Locke 

Hay así un convencimiento absoluto en Locke sobre la bondad de Dios en el reparto de árboles frutales, tierras fértiles para el cultivo de cereales y animales silvestres perfectos para la caza que están destinados al aprovechamiento por parte del hombre quien, dicho sea de paso, estaría cometiendo un grave error al desperdiciar estos recursos que el divino creador ha puesto deliberadamente en su camino para que él los tome.  

Dios, que dio a los hombres la tierra en común, también les proporcionó la razón para que la utilizasen de la forma más ventajosa para la vida y más apta para todos. La tierra, y todo lo que ella encierra, se le dio al hombre para su sustento y bienestar. (Locke, 1987, p. 49)

Visto hasta aquí, el razonamiento del británico podría asociarse con una forma de ensalzar la ley del más fuerte o del más astuto del valle; sin embargo el argumento de Locke para ilustrar el nacimiento de la propiedad privada camina en otra dirección. Así pues, el apropiarse de algo no será un asunto netamente vinculado a desear, sino que más bien viene a realizarse en el plano del esfuerzo que realice el hombre para transformar ese deseo en una realidad material que, en último término, pueda saciar una necesidad que a éste se le presente. Bajo esta concepción, la propiedad privada surge en el mismo momento en el que un individuo, obedeciendo a su razón, decide dedicar todo su empeño en transformar una simple semilla en una jugosa manzana, o bien cuando -en vez de dejarse morir de inanición- utiliza todo su ingenio para elaborar un instrumento que le permita cazar liebres y se va al bosque a procurarse el alimento.   

El punto neurálgico en el razonamiento Lockeano es, como ya hemos adelantado, el entender como algo natural la apropiación por parte de los individuos de ciertos bienes que provee la naturaleza, en tanto y en cuanto los mismos han sido concedidos por gracia divina para que el hombre pudiese alimentarse y así dar cumplimiento a lo que Hobbes ya  sentenciaba como la primera gran ley natural, a saber: que el hombre se protegiese a sí mismo y lograra preservar su existencia.  

El animal es propiedad del que aplicó su trabajo para cazarlo, aunque antes perteneciese a todos por derecho común. Esta primitiva ley de la Naturaleza, a través de la cual comienza a darse la propiedad en aquello que antes era común, sigue estando en vigor aún entre quienes forman la parte civilizada del mundo (Ibídem, p.52).

 
Jean Jacques Rousseau 

Por el contrario, Jean Jacques Rousseau asomará en su “Discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres” que el surgimiento de la propiedad privada es solo el comienzo de una cadena de desgracias para el género humano, cosa que se traducirá en interminables enfrentamientos entre semejantes y que a su vez se acentuará cuando el hombre decida abandonar el estado de naturaleza para someterse así al gobierno civil, figura que, desde su perspectiva, viene a oprimir la libertad natural que es inherente al individuo desde su nacimiento.

En Rousseau, a diferencia de Locke, se advierte la creencia de que el surgimiento de la propiedad desata lo peor del hombre: egoísmo, vanidad, usura e ira. Para el ginebrino, el acto de apropiarse de un pedazo de tierra constituye una afrenta contra el estado de felicidad en el que viven los hombres bajo una suerte de comunitarismo primitivo, donde nadie es dueño de nada y por tanto las bajas pasiones del hombre no tienen espacio para aflorar.   

El primero a quien, después de cercar un terreno, se le ocurrió decir “Esto es mío”, y halló personas bastante sencillas para creerle, fue el verdadero fundador de la sociedad civil. ¡Cuántos crímenes, guerras, muertes, miserias y horrores habría ahorrado al género humano el que, arrancando las estacas o arrasando el foso, hubiera gritado a sus semejantes: ¡Guardaos de escuchar a ese impostor! (…) (Rousseau, 1973, p.101) 

En la concepción Rousseauniana el hombre en estado de naturaleza es perfectamente feliz porque vive en un mundo donde puede procurarse todo lo que necesita sin competir con el otro. En dicho estado el ser humano puede realizar su felicidad personal sin necesidad de apegarse a ningún bien material. De hecho, a través de esta concepción se sustenta la creencia de que quien toma posesión de la tierra, lo hace en virtud de que es -o pretende ser- más fuerte o más astuto que el otro, y por tanto abusa de él. Ahora bien, en Locke la visión sobre cómo y bajo qué argumento se puede validar el acto de apropiación es enteramente distinta a la del Rousseau. Revisémosla a continuación: 

El trabajo como factor de transformación de la realidad del hombre

Sin introducir abiertamente elementos de juicio moral, detrás de la visión que presenta Locke subyace la respuesta a una cuestión fundamental: si todos los hombres tienen igualdad de oportunidades para erigirse en “propietarios” cuando operan en estado de naturaleza, ¿Por qué razón unos lo logran mientras que otros terminan viviendo casi en la mendicidad?. La respuesta para el inglés parte de un premisa que resultará clave para entender todo su tratado sobre el gobierno civil: es el esfuerzo por cuenta propia que decide hacer el hombre para transformar un bien natural (una extensión de tierra) en un producto útil para su provecho (un cultivo de hortalizas) lo que en última instancia determina y hace válido que éste pueda ser el propietario de dicho bien.  

(…) Por tanto, siempre que cualquiera arranca una cosa del estado en que la creó y la dejó la Naturaleza, ha puesto algo de su esfuerzo en esta cosa, le ha añadido algo que es exclusivamente suyo; y por ello, la ha convertido en su propiedad. Habiendo sido él quien la ha separado de la condición común en que la naturaleza situó esa cosa, ha agregado a ésta, por medio de su esfuerzo, algo que elimina de ella el derecho común de los demás. (Locke, 1987, p. 50)

El punto expuesto por Locke sitúa al trabajo como elemento esencial en la transformación de la realidad del hombre, quien comienza a percatarse paulatinamente de que a través de éste puede, en primer lugar, lograr preservar su existencia y, en añadidura a ello, lograr hacerla cada vez más placentera. El trabajo encierra así una interesante paradoja: no es placentero per sé, pero el hombre lo realiza para poder vivir mejor.          

Detrás de todo esto gravita una máxima que Locke parece querer asomarnos sin gritarlo abiertamente: la calidad de vida que pueda llegar a tener el hombre en la tierra será directamente proporcional al nivel de esfuerzo que realice éste para procurársela. Entendemos como calidad de vida la cobertura de necesidades materiales del ser humano: comida, vivienda y vestido, por ejemplo.

 

Ahora bien: ¿Es el asumir al trabajo como elemento transformador de la realidad y en consecuencia la aparición de la propiedad privada lo que, inexorablemente, impulsa al hombre a abandonar el estado de naturaleza para vivir bajo la figura del gobierno civil?. Bajo la argumentación Lockeana puede intuirse que, en parte este razonamiento es válido. Lo es en tanto la aparición de la propiedad dota al hombre de la necesidad de resguardar sus bienes de cualquier daño y a la vez de la facultad para hacer con ellos lo que mejor le plazca. Para evitar que le roben o le dañen una parcela de tierra que él ha trabajado y a la vez para celebrar contratos con otros hombres, el individuo requiere de una autoridad que, en atención a una ley, le resguarde. Es allí donde entra en escena el Estado como figura necesaria.

El gobierno civil surgirá entonces como indispensable artificio para resguardar la libertad del hombre, esto es: para que este pueda proteger su vida, pero fundamentalmente para que este pueda resguardar lo que, mediado por su esfuerzo, ha hecho suyo. Si bien para Locke en estado de naturaleza los hombres son perfectamente capaces de llegar a acuerdos para no aniquilarse entre sí o bien para respetar sus propiedades e intercambiar bienes, no hay autoridad que haga cumplir una sanción en caso de que una de las partes decida quebrantar un determinado pacto, por lo que entonces se hace necesario un código común que permita vivir de acuerdo a ciertas reglas (La Ley) y un ente que sea capaz de juzgar y aplicar dicho código (El Estado o gobierno civil).   

Trascendiendo el momento de la aparición del gobierno civil, si ponemos en perspectiva el argumento de Locke que hemos descrito hasta aquí, bien puede pensarse que las sucesivas mejoras que ha incorporado el hombre a su vida durante toda la historia de la humanidad sólo han sido posibles gracias al acto –mediado por la razón- de decidir y posteriormente realizar transformaciones al medio en el que habita. Ergo, ha optado por trabajar para lograr cambios en el ámbito que le circunda. 

Esta visión, que apuesta por situar al hombre y su mano de obra como protagonistas en el proceso evolutivo de la humanidad resulta -como ya hemos enunciado previamente- antagónica a la sostenida por Rousseau y su constante lamentación por el hecho de que el hombre haya  abandonado el puro y virginal estado de naturaleza para vivir en una sociedad que, regida por el racionalismo y la búsqueda del progreso constante, termina permitiendo lo que él considera una atadura opresiva para la humanidad: el gobierno civil.

En definitiva­­: mientras que en una primera instancia el trabajo del hombre le permitió a éste saciar, por ejemplo, la necesidad básica de procurarse el alimento; andado el tiempo se hace inminente la aparición del deseo humano de vivir cada vez mejor, que ensancha exponencialmente el tamaño de las necesidades y expectativas de un hombre que, paulatinamente, se apasionará por el conocimiento de la ciencia y de las artes, que inventará utensilios que le faciliten las labores diarias, que perfeccionará mecanismos de intercambio comercial, entre otras innovaciones que irán surgiendo en el camino. La historia del hombre como ente creativo -mediante el esfuerzo intelectual y físico-, da cuenta de cómo el trabajo del individuo se erige en elemento central para entender el progreso humano, al menos en el campo material.

El trabajo y el valor de las cosas

De igual forma, este autor británico introducirá una teoría sobre cómo el trabajo dota de un valor real a las cosas: en su criterio poco o nada pueden valer mil hectáreas de tierra si son sólo eso, un montón de materia orgánica desierta y sin cultivar; indicando además que es posible juzgar la valía de este tipo de bienes naturales sólo cuando el hombre se ha dado a la tarea de transformarlos en algo que le pueda ser provechoso al género humano.

(…) Es, por tanto, el trabajo el que proporciona a la tierra la mayor parte de su valor, y sin él apenas tendría valor, es al esfuerzo al que le debemos la parte máxima de todos sus frutos útiles (…) (Ibídem, p. 64) 

Ahora bien, si un hombre es capaz de hacer estas grandes transformaciones con el sudor de su frente: ¿Conduce esto a una carrera desenfrenada en la que éste tiene carta abierta para apropiarse de todo cuanto vea a su paso?. La respuesta en este caso es negativa, en tanto que para Locke –como hemos dicho previamente- el acto de apropiación constituye un medio para que el hombre logre procurarse la supervivencia y no un mecanismo destinado a la acumulación indefinida per sé. 

De hecho, para el británico la pregunta anterior rayaría en lo ilógico, puesto que en la práctica es virtualmente imposible que un solo hombre pueda trabajar –y por tanto apropiarse- de miles y miles de hectáreas de tierra fértil. Solamente podría lograrlo si esclaviza a otros hombres para ello (cosa que atentaría contra la máxima que reza que el hombre es libre desde que nace) o bien si, mediante un convenio, otros hombres deciden trabajar para él por algún tipo de remuneración. Esto último si es lícito desde el punto de vista del pensamiento liberal, al tratarse de una decisión eminentemente personal de quien decide vender su mano de obra. Las relaciones contractuales entre un hombre que presta su fuerza de trabajo por dinero y otro que la paga serán a posteriori el leitmotiv del pensamiento Marxista, donde el análisis estará centrado en la propiedad de los medios de producción y en la relación de desigualdad existente entre una clase explotadora y  otra de explotados.  

La naturaleza delimitó bien la medida de la propiedad acomodándola a lo que alcanzan el esfuerzo de un hombre y las necesidades de la vida. Mediante su propio trabajo ningún hombre era capaz de cultivar y apropiarse de toda la tierra y solamente podía consumir por sí mismo una mínima parte de sus frutos (…) (Ibídem, pp. 56-57)    

Pero, volviendo al razonamiento de Locke: ¿Entonces, hasta qué punto es válido que el hombre vaya por la vida apropiándose de frutos, animales o extensiones de tierra?. El argumento es -entendiendo que un hombre solo puede trabajar una extensión limitada de tierra- que el individuo  debe poseer estrictamente los alimentos que pueda almacenar sin que éstos se descompongan. Es decir, si un hombre se apropia de tal cantidad de comida que le es imposible consumirla, a tal punto que una parte de ella se pudre, estaría incurriendo en algo que además de ser ilógico, representa una afrenta contra la bondad que tuvo Dios al momento de proveerle la tierra para el cultivo. Idéntico razonamiento se aplica a los peces que se extraen del mar o a los conejos que se cazan en el bosque, puesto que todo alimento tiende a descomponerse al pasar un determinado período de tiempo. 


A propósito de esto último es interesante el abordaje que hace Locke de la aparición del oro, los metales preciosos y los diamantes como objetos sujetos al intercambio, puesto que este conjunto de cosas permitieron, por una parte, dotar de un valor –convenido mutualmente entre los hombres- a los proventos del labrado, la recolección silvestre o la caza, y por la otra posibilita al hombre para despojarse de los bienes que no necesite antes de que estos se descompongan.  

Del mismo modo que los diferentes grados de la laboriosidad dependían las porciones de productos adquiridos, el invento del dinero dio oportunidad a los hombres de continuar adquiriendo y aumentando sus apropiaciones. (Ibídem, p. 68)  

Con la entrada en escena de la moneda y los metales y piedras preciosas como objetos de intercambio en las sociedades, el hombre estará así en capacidad de despojarse de los excedentes de alimentos que produzca su trabajo a cambio de cierta cantidad de dinero, dinero que luego éste puede canjear por otro tipo de bienes materiales que requiera para mejorar sus condiciones de vida. 

Nehomar Adolfo Hernández
  

Referencias bibliográficas

-Locke, J. (1987). Ensayo sobre el gobierno civil. Madrid: Ediciones y Distribuciones Alba.
-Rousseau, J.J. (1973). Discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres / El Contrato Social. Barcelona: Ediciones Orbis

*Ensayo realizado originalmente para la asignatura "Teoría Política" impartida por la Profesora Colette Capriles en la Maestría en Ciencia Política de la Universidad Simón Bolívar, Caracas -Venezuela 

domingo, 12 de mayo de 2013

La revolución y la modernidad / Vigencia de la democracia en nuestro tiempo





La revolución y la modernidad

Sobre un término tan manido hoy día como es el de la "revolución" conviene, en primer lugar, aproximarnos a él en el entendido de que -como establece Dunn- los cambios revolucionarios operan allí donde se produce una transformación de manera brusca en un sistema. Según el autor, la ecuación que conjuga lo que podemos entender como una revolución tiene lugar cuando el cambio es rápido, tiene un masivo apoyo popular y entraña un componente violento (p. 12).

Ahora bien, ¿Se puede decir que las revoluciones son fenónemos eminentemente asociados con la modernidad?. En cierto modo este asunto puede tener una respuesta afirmativa, siempre y cuando entendamos por "lo moderno" algo que no necesariamente se circunscribe al Siglo XX o XXI, sino que puede ir un poco más atrás en el tiempo.

Bajo este razonamiento, podríamos situar como el gran hito de la revolución mundial al cambio drástico que, buscando el establecimiento del sistema republicano, dio al traste con la monarquía francesa a finales del siglo XVIII (La Revolución Francesa). Aquí está el meollo del asunto, puesto que mediante las razones argüidas por Dunn, la revolución -entendida como hecho asociado a la modernidad- lo es en virtud de que se concibe como una forma de canalizar el descontento que una masa de individuos considerable emprende contra la forma como se llevan a cabo las relaciones económicas en el medio en el que habitan. Particularmente, en el caso que aludimos este hecho se hace manifiesto en el descontento que la burguesía (máxima generadora de capital para la época) busca canalizar contra la nobleza francesa que para entonces se había tornado parasitaria.

Bajo este esquema de razonamiento, resulta evidente que las revoluciones sólo pueden ser vistas como una consecuencia directa de la modernidad. Pero, ¿Qué modernidad? Pues, por una parte, aquella donde las monarquías comienzan a ser cuestionadas, en pos de la búsqueda de la implantación de la República (como sucede en Francia), y por otra en la inherente a los sistemas políticos dónde el estancamiento (generalmente económico) deja de ser aceptado de manera laxa por las sociedades. Para ambos casos, la solución revolucionaria siempre se erige en opción prometedora, en alternativa de porvenir, en remedio mágico a los problemas del presente mediante un futuro que implica progreso inmediato y, a la vez, destrucción al viejo -y carcomido- sistema que ya no proporciona respuestas a las necesidades de las grandes mayorías.

Así pues, las revoluciones nacerán en donde vastos sectores populares comienzan a elevar sus niveles de demanda en todos los ámbitos, pero esenciamente en el económico. Aspectos como la participación política y el ser sujetos de derecho (con arreglo a la ley y no a la voluntad de un monarca o mandamás de turno) serán caldo de cultivo para que detonen las revoluciones. La modernidad será el escenario propicio para que estos hechos se lleven a cabo, en la medida en que sólo bajo su lógica podrá un individuo que antes era siervo tener el atrevimiento de reclamar el goce de la ciudadanía, con todo lo que esta condición implica.

Además de ello Dunn refiere un aspecto medular que posibilita el hecho de que, sólo en el marco de la modernidad, sea posible generar una revolución. Esto es, el fenómeno de la creación de las grandes urbes, de la concentración de gigantescos grupos humanos en grandes ciudades. De esta forma, la ciudad -cuna del desarrollo en nuestros tiempos- se rige por un conjunto de relaciones económicas (que luego repercuten en otros ámbitos) que se establecen entre las grandes masas trabajadoras y los pequeños grupos que poseen el capital, lo cual a la larga podría servir como caldo de cultivo para que ebulla la revolución. De allí que también podamos entender que el fenómeno de "las masas" es algo eminentemente moderno y que toda revolución pasa primero por ser un hecho que debe contar con un apoyo masivo.

El asunto de las revoluciones se circunscribe pues, esencialmente al tema de la justicia y la búsqueda de la igualdad, o bien de generar un recambio político cuando una élite gobernante ya no tiene sintonía con los gobernados; conquistas que han ido surgiendo de manera paulatina producto de la modernidad. Por ejemplo, era impensable que en pleno apogeo de la edad feudal los siervos de gleba se agruparan para, de manera violenta, acabar con el estado de cosas que encabezaba su Señor, tanto más cuando éste último inclusive estaba allí por designio de Dios para gobernarles.


Vigencia de la democracia en nuestro tiempo

Actualmente resulta difícil que un país pueda operar bajo un régimen abiertamente dictatorial, tanto más cuando los organismos, tratados y convenios internacionales se erigen en muros de contención para que éste tipo de gobiernos despóticos no puedan operar a sus anchas.
           
Si bien durante buena parte del Siglo pasado el fenómeno de las dictaduras brotó en muchas partes del mundo (especialmente en Latinoamérica y África), hoy día la existencia de la "comunidad internacional", que a su vez contempla la creación de organismos de vigilancia para el respeto a los Derechos Humanos, hace cuesta arriba que un gobierno pura y sencillamente dictatorial pueda establecer con éxito relaciones con los demás países que hacen vida dentro de estos entes. De allí pues, la importancia sustantiva de la existencia de instancias como la Organización de Naciones Unidas (ONU) o la Organización de Estados Americanos (OEA), tribunas de alcance internacional desde donde -aún con deficiencias- se vela por el cumplimiento de ciertos principios democráticos y de respeto a la pluralidad política por parte de los gobiernos de sus países miembros.
           
Esto no significa que hoy, en pleno Siglo XXI, no exista la tentación -autoritaria en algunos casos y totalitaria en otros- de ciertos gobiernos del mundo por abandonar la senda de lo que presupone gobernar de manera democrática. Sin embargo, los gobernantes que se inclinan por ejercer el poder bajo estas formas (que se podrían calificar como híbridas, puesto que cabalgan entre la democracia y la dictadura) necesariamente se ven presionados por todas las condiciones que hemos descrito anteriormente y terminan dotando de una fachada democrática sus actuaciones.

Así pues, el mero hecho de la existencia de estos organismos y el avance en torno a un consenso en el pensamiento político mundial donde se asume que la democracia es, efectivamente,  la forma menos mala de gobierno (vista su capacidad de autocorregirse), hace que hasta los propios golpes de estado militares que puedan darse en la contemporaneidad se vean en la necesidad de emplear mascaradas y razonamientos aderezados de democracia y búsqueda de respeto a la ley para ser justificados ante la comunidad internacional. Hoy por hoy resulta cien veces más difícil que hace un Siglo emprender una asonada militar para deponer a un gobierno democráticamente electo.

Esto que hemos dicho puede confirmarse en la tendencia a que las dictaduras abiertamente declaradas se hayan extinguido progresivamente del planeta, para así dar paso a regímenes democráticos, o bien a que los gobiernos de corte dictatorial que aún perviven en el mundo tengan que emplear excusas permanentes para -así sea mediante procesos electorales truculentos o plebiscitarios- lograr lavarse la cara con el agua de la democracia. No es casualidad que en Europa quede en pie, actualmente, solamente una dictadura (la de Lukashenko en Bielorrusia), o que en Latinoamérica (que en algún momento llegó a ser gobernada enteramente por dictadores militares, a excepción de un par de países entre los que se incluye Venezuela) ya no existan este tipo de gobiernos autoritarios.

Nehomar Adolfo Hernández 



Bibliografía

DUNN, John (1989): Modern Revolutions, Cambridge University Press; pp. 1-23.


*Trabajo realizado por el autor para la asignatura "Elementos para el análisis político" de la Maestría en Ciencia Política de la Universidad Simón Bolívar (USB).

martes, 7 de mayo de 2013

Democracia y representación / Populismo







Democracia y representación

Las democracias modernas, amén de que progresivamente han venido incorporando mecanismos que posibilitan la participación directa de las personas en la toma de decisiones y ejecución de algunas acciones de gobierno, funcionan basadas esencialmente bajo un esquema donde la representación de grandes grupos humanos es ejercida por un grupo reducido de personas. De allí que a todas luces, hoy en día, conseguir un método que posibilite el "gobierno de todos", prescindiendo de mecanismos de representación, luce como algo quimérico y por ende inviable.

Tratar de analogar la República de los antiguos con las complejas particularidades que entrañan nuestras democracias modernas es bastante difícil. En Grecia el ejercicio de la política era cuasi obligatorio, en tanto los ciudadanos eran tales en cuanto primero eran sujetos políticos (que se debían a la Polis y por ende debían dedicar su vida a construirla a través de una deliberación permanente con sus pares). Tal ejercicio, evidenciado en las largas horas de debate que consumían los hombres disertando sobre lo bueno y lo malo en el ágora, les desvinculaba de otras labores que son esenciales para hacer que las sociedades, de manera integral, lleguen a buen puerto: la vida familiar, el trabajo productivo, entre otras.   

La democracia de hoy día, entendida como la forma de gobierno que orienta sus acciones en función de los intereses de todas las personas que hacen vida en la nación, no puede pretender que, en sociedades tan grandes y complejas como las de nuestro tiempo, absolutamente todos podamos adelantar actuaciones de gobierno. Aquí se parte de reconocer el hecho de que estamos en presencia de sociedades muy numerosas, y de que por consiguiente es necesaria la escogencia de un grupo de individuos para que lleven a cabo estas acciones y allí es donde radica la importancia de la representación política. Este principio, palabras más palabras menos, es el que de alguna forma justifica la existencia del Estado moderno y sus ramificaciones.

La forma más fácil de entender por qué es necesario e ineludible el fenómeno de la representación en lo político pasa por comprender cómo se conducen las sociedades modernas: desde que aparece la división del trabajo, hasta su progresivo perfeccionamiento producto de la especialización en distintos ámbitos que apreciamos hoy día, es evidente que el hombre -amén de ser animal político al vivir en comunidad- no puede devenir exclusivamente en un ser dedicado 24 horas a la política. El que toda la sociedad viva solamente para sumarse al extenuante y permanente ejercicio de la deliberación para la construcción de consensos que implican las democracias modernas llevaría a lo que Sartori describe como ese "exceso de política" que terminó hundiendo a la sociedad griega.  

Ahora bien, toda vez que se asume que es necesario el fenómeno de la representación dentro de la política, es ineludible señalar que son los partidos políticos los principales actores llamados a funcionar como bisagra de vinculación entre lo que hoy conocemos como la sociedad y el Estado.

En el entendido de que es el partido político la única organización que asume como fin último el participar o influir de alguna manera en la conducción del Estado (lograr una bancada parlamentaria o ganar las elecciones Presidenciales, por ejemplo), es este tipo de organización -y no otra- la llamada a detentar la representación de los ciudadanos en la arena política.

Resulta difícil que otro tipo de organizaciones que indirectamente están vinculadas con el ejercicio de la política (como podría ser el caso de las ONG's), puedan ser las depositarias de la representación de los ciudadanos en este ámbito. Esto, toda vez que, precisamente por la forma de constituirse que tiene este tipo de asociación, éstas no prevén como objetivo final el alcanzar puestos de conducción del aparato Estatal.

Así pues, el partido político como actor representativo de los ciudadanos en las democracias, lo es esencialmente en virtud de dos cosas: 1) Entiende que el poder político se ejerce y se articula desde el Estado 2) Es el único tipo de agrupación que se  organiza abiertamente con el objetivo específico de tomar el poder (o cuotas de éste), contemplando para ello el alcanzar posiciones de dirección dentro del Estado.

Partiendo del hecho de que las democracias del mundo moderno comportan en gran medida un componente representativo y que esta representación necesariamente debe estar dotada de legitimidad -que se ratifica cada cierto tiempo a través de elecciones-, los partidos políticos son la estructura orgánica necesaria para que todo el sistema representativo (donde cada uno de los sectores de la sociedad pueda verse reflejado) pueda funcionar. Es allí cuando aquella frase de que "las democracias sin partidos políticos no pueden existir" cobra plena verosimilitud.

Populismo

El populismo es un fenómeno estrechamente vinculado con el desarrollo de las sociedades modernas y por consiguiente atado a la modernización. Tal y como plantea Moscoso (1990, p. 267) el gérmen de este fenómeno puede rastrearse en la entrada en escena de la llamada sociedad de masas, siendo apalancado además por el crecimiento de las grandes ciudades (con las complejidades sociales que esto entraña), así como por la potencia con la que cada vez más han ido creciendo los medios de comunicación.

De esta forma, el populismo tiene al "pueblo" como sustrato de su acción. Esto es, el pueblo como una masa de personas; el pueblo como ese conjunto uniforme que es susceptible de ser bombardeado por la propaganda política a través de los medios de comunicación masiva; el pueblo como ese tejido más o menos parejo que se confunde en un todo durante un mitín.

El populismo hallará caldo de cultivo en la modernidad, donde encontrará muchas veces sociedades problematizadas en las que las instituciones no han sido capaces de canalizar las demandas -siempre crecientes- de algunos sectores y están sujetas a sufrir procesos de deslegitimación progresiva (partidos políticos y organismos del Estado), apelando para ello al discurso encendido que pretende sustituir a estas instituciones por la conexión directa entre las necesidades de esa masa y el líder carismático que puede solucionarlas.

El líder populista -carismático por excelencia-, encontrará además en la modernidad las herramientas para lograr posicionar su discurso en las masas: medios de comunicación cada vez más tecnificados, que a su vez permiten que la labor propagandística se facilite y que por tanto posibilitan inyectar en la sociedad de manera más rápida y efectiva todas las ideas que se pretenden inculcar.

Por otra parte, en el crecimiento de las grandes ciudades y asentamientos urbanos (fenómeno íntimamente ligado al ideal de modernidad) se producen relaciones entre empleadores y empleados que naturalmente conducen a desigualdades económicas y de estratificación. Esto buscará ser capitalizado al máximo por el líder populista, que amalgamará su discurso para atizar la polémica en torno a las relaciones de dominación que ejerce un grupo sobre el otro, para así lograr posicionar en el imaginario colectivo la idea de que es posible trascender esta estructura si se confía en el líder. Esto es, esencialmente, la personificación del redentor social de los trabajadores y oprimidos.

Un teórico latinoamericano que advirtió claramente la vinculación entre la sociedad moderna y el populismo fue el argentino Norberto Ceresole, quien en conocimiento de que la modernidad entrañaba en el campo político el cuestionamiento a los partidos y la deslegitimación de las instituciones del Estado, planteó la tesis donde, partiendo del hombre carismático, era posible hacerse con el poder a través de un discurso de descrédito al sistema y que, sin que mediaran partidos políticos ni instituciones, a la vez se privilegiara la conexión caudillo-ejército-pueblo. A través de  la construcción de esta conexión que elimina las alcabalas de las instituciones y pretende vincular la necesidades del pueblo directamente con la capacidad de resolverlas que tiene el líder, se pone en evidencia un fenómeno político distintivo de las sociedades modernas: la aspiración de que las demandas sociales sean canalizadas de inmediato. 

Nehomar Adolfo Hernández


Bibliografía

MOSCOSO, C (1990). El populismo en América Latina, Centro de Estudios Constitucionales, Madrid; pp. 267-271.

*Trabajo realizado por el autor para la asignatura "Elementos para el análisis político" de la Maestría en Ciencia Política de la Universidad Simón Bolívar (USB). 

domingo, 28 de abril de 2013

Democracia y participación / La importancia de las constituciones en la actualidad






Democracia y participación

El auge que ha tenido en los últimos tiempos el debate sobre el ejercicio efectivo de la democracia resulta esencial para comprender los grandes retos que comporta el ejercicio de la política (tanto para quienes gobiernan como para la ciudadanía) a nivel mundial en la coyuntura actual. Así pues, en distintas partes del planeta, la discusión orbita esencialmente en lo atinente al grado de participación que tienen los ciudadanos en la acción de gobierno. Sale a flote la polémica entre lo que supone asumir la democracia representativa tal y como se ejerce en la mayoría de los países hoy día y lo que otrora hicieron posible los griegos mediante su "República".

Si echamos un vistazo a la historia, nos encontraremos con el hecho de que los griegos hicieron posible que mediante el ejercicio de la deliberación pública se canalizaran las demandas políticas de su tiempo. Innegablemente, el ágora, instituida en mecanismo para el debate abierto entre los ciudadanos de la polis posibilitaba un ejercicio de aproximación bastante cercano a la llamada "democracia participativa" o, quizá yendo un poco más allá, configuraba una suerte de modus operandi de "democracia protagónica". Esto, toda vez que entendemos ambos términos al cáliz de lo que significa la democracia en la contemporaneidad, puesto que para los antiguos no se trataba de ello sino simplemente de una República, sin adjetivos.  

A la luz de nuestros días resulta lícito preguntarse por la calidad de la democracia que se está ejerciendo en los diversos países del mundo, a la vez que es plenamente válida la búsqueda -siempre difícil- que se emprende en muchas naciones en pro de generar mecanismos que permitan acercar el poder político a los ciudadanos, herramientas que, al fin del día, los doten de participación en la acción de gobierno. Ahora bien: ¿Es posible instituir una democracia protagónica a rajatabla, al estilo de los antiguos, en nuestros días? ¿Cuáles serían sus consecuencias?

En primer término resulta quimérico e inviable pensar que, con el considerable crecimiento demográfico que han experimentado los países, se pueda poner en marcha en la actualidad un mecanismo de verdadera democracia protagónica que remita al antiguo ágora griego. Con ello aceptamos que el asunto de la representación es ineludible, y se constituye además en la única vía que tenemos para resolver tal dilema en nuestros días. Ahora bien, como se ha señalado más arriba, sería incongruente negar que nuestras democracias ameritan de mecanismos que permitan a los ciudadanos tener un rol más activo en la toma de decisiones sobre la acciones que emprenden sus gobiernos, por lo que la participación debe ser un elemento que necesariamente debe considerarse. Así pues, el empoderamiento de los ciudadanos para que éstos a su vez puedan resolver algunos problemas que surgen dentro de sus propias comunidades puede ser un buen paso de arrancada en este ámbito.

Más allá de la inviabilidad del asunto, el instaurar un sistema protagónico como pretendieron los antiguos nos llevaría a exponer a las comunidades políticas de hoy al mismo naufragio en el que se vio sepultada la polis en el ayer: el convertir a todos los ciudadanos seres que desatendían sus asuntos privados en tanto debían vivir exclusivamente por y para la vida política (pública). Aquí opera una reflexión básica a la que podemos llegar a través de la lectura de Sartori: Si todos estamos dedicados solamente a la política en el ágora, de manera afanosa, ¿Quién se ocupa de producir los bienes de consumo que necesita la ciudad? ¿Quién se ocupa de distribuirlos?. Así pues, sociedades altamente tecnificadas como las de nuestros días, donde el correcto funcionamiento de las mismas depende de que diversos sectores sean motorizados (la banca, las industrias, la agricultura, el transporte, el comercio, las  telecomunicaciones)  dificilmente pueden darse el lujo de pasarse permanentemente el día entero deliberando sobre "lo correcto" o "lo incorrecto", "lo bueno" o "lo malo", "lo moral" o "lo amoral" bajo el sol. De allí que las cámaras parlamentarias y otros organismos de representación ciudadana estén plenamente justificados en la sociedad contemporánea. 

Quien vuelve a exaltar hoy la democracia participativa no recuerda que en la ciudad antigua eran los esclavos los que se dedicaban a trabajar y que la polis se hundió en un torbellino de exceso de política. (Sartori, 2008, pp. 36-37)

En resumen, la democracia viene a ser un permanente ejercicio de construcción, que necesariamente la hace imperfecta. Es, en sí, una búsqueda contínua que va más allá de los adjetivos que muchas veces se le tratan de endilgar (social, económica, etc), en tanto comporta un sentido intrínseco de participación, apertura y deliberación que la dota de una validez indiscutible como sistema político, pero que además necesita canales de representación que la permitan ser efectiva en sociedades tan complejas y numerosas como son aquellas en las que habitamos en la actualidad. 


Importancia de las Constituciones en la actualidad

Explicar el por qué de la vigencia en nuestros días del pensamiento que estipula correcto el acto de crear constituciones y a la vez promueve su respeto a ellas mediante el constitucionalismo, resulta relativamente fácil si consideramos que, hoy como ayer, ambas cosas siguen teniendo su razón de ser en lo que franceses y norteamericanos se plantearon a grandes rasgos: limitar el poder y promover un pacto común que permitiera guiar la organización y atribuciones del estado.

Así pues, mientras luego de la Revolución Francesa el objeto del debate se afincaba en promover un cuerpo jurídico que limitara el alcance del poder absoluto que otrora detentaba el rey, en nuestros días las constituciones desempeñan un papel similar al servir de marco regulador de las atribuciones que puede tomarse un gobernante. El camino del constitucionalismo en Francia viene a ser a la vez el del tránsito de un sistema político (La monarquía, que es llevada a la guillotina) a otro (La naciente República); en nuestros días las Constituciones (o mejor dicho el respeto a las mismas) demarcan similarmente esa dicotomía entre: gobiernos que pretenden ejercer sus funciones sin control alguno (autoritarismos despóticos) y aquellos que someten sus actuaciones a las limitaciones que contempla la Ley (democráticos).

De esta forma, la validez y pertinencia de la existencia de una constitución en cada país parece ser la piedra angular para evitar que, allí donde existe un gobierno, éste abuse de su poder o se extralimite adjudicándose atribuciones que no le competen.

Son la constituciones además las que, más allá de limitar el poder del gobernante, sirven para establecer de manera sistemática la forma cómo debe organizarse el Estado, al punto que determinan su división y dictan la hoja de ruta que deben seguir cada uno los Poderes del mismo para que los sistemas democráticos funcionen correctamente. Aquí cobra importancia el concepto central sobre la separación de los poderes públicos al menos en tres: Ejecutivo, Legislativo y Judicial, lo cual actualmente se constituye en uno de los puntos de arranque de cualquier democracia moderna, en las que, si éstos funcionan correctamente, uno ejerce el necesario contrapeso sobre el otro para evitar la tentación a la que ya hemos aludido anteriormente: el poder ilimitado del gobierno a través del Ejecutivo.

Ante una eventual extralimitación del poder que quiera hacer de los ciudadanos ya no unos sujetos de derecho sino una cadena de súbditos, se erigen las Constituciones como una muralla, pues éstas resguardan al individuo frente al Estado y le dotan de una serie de garantías básicas que le son inherentes, tales como: el respeto a la vida, a la libertad de expresión, de tránsito, etc.

En resumen, allí donde la posibilidad de la tentación autocrática y totalitaria siga viva, como sucede en algunas partes del mundo, estará plenamente justificada la razón de ser de las constituciones en nuestro tiempo, toda vez que éstas representan una especie de camisas de fuerza ante cualquier eventual desvarío de un gobernante que sueñe con la posibilidad de convertir a sus gobernados en una masa que le pertenece y, que por ende puede manejar a su antojo.
           
 Nehomar Adolfo Hernández

Bibliografía

SARTORI, G (2008). Elementos de teoría política. (6ta Ed.). Madrid: Alianza Editorial.


*Trabajo realizado por el autor para la asignatura "Elementos para el análisis político" de la Maestría en Ciencia Política de la Universidad Simón Bolívar (USB)

domingo, 21 de abril de 2013

Sobre las ideologías y su vinculación con la paz y el conflicto



Ideología, paz y conflicto    

Es clara la vinculación que puede establecerse entre las ideologías (o bien su aparición) la paz y los momentos de conflicto. Así pues, puede afirmarse con toda propiedad que es precisamente en los momentos donde existen profundas tensiones dentro de la sociedad cuando tenemos un ambiente más fecundo para la aparición de lo que catalogamos como una ideología.     

La historia universal es profusa en ejemplos que vienen a confirmar la presunción de que los brotes ideológicos se han dado cuando las sociedades atraviesan momentos duros en el campo  económico o bien de cuestionamiento masivo al régimen político que las rige; así pues, nos encontramos con la demostración reveladora que constituye la aparición de la ideología nacional-socialista en una sociedad conflictuada, herida en su orgullo nacional y severamente golpeada en lo económico como era la Alemania perdedora de la primera guerra mundial, y que a su vez es en la que Hitler logra imponer su proyecto ideológico.

La asociación con los momentos de conflicto y la aparición y efervescencia de las ideologías es confirmada por la idea de Sorel que rescatan Dowse & Hughes en su libro de Sociología Política:


"La ideología da satisfacción y explicación de las tensiones individuales que los   hombres deben soportar durante los períodos de tensión social o en los puntos de quiebra social, y, por esta razón, Bell sugiere que la función latente más importante de la ideología es abrir la espita de la emoción" (1999, p. 307)

Por el contrario, en una sociedad donde se mantiene la paz e impera la estabilidad política y económica rara vez encontraremos una irrupción ideológica masiva. Ciudadanos que tienen plenamente garantizadas condiciones de vida dignas, que operan bajo un régimen de todo tipo de libertades y que además no ven amenazada la posibilidad de satisfacer sus necesidades -tanto básicas como las que, de acuerdo a un determinado nivel de ingresos, luego se vayan generando- dificilmente se preocuparán y ocuparán por el asunto ideológico.

Es en los momentos de conflicto, donde se produce -o se busca que se produzca- la ruptura con un determinado estado de cosas, cuando más fecundidad tienen las disquisiciones ideológicas en los colectivos humanos. Esto en buena parte, debido a que el adoptar una ideología presupone que los individuos necesariamente asuman una visión del mundo que trasciende y supera el statu quo que impera en ese momento (la situación conflictiva en sí), bien por algo que algún día podría ser (un futuro promisorio) o bien por volver a algo que ya fue (el regreso a un pasado que fue mejor); es pues, en conjunción, la búsqueda de una situación ideal. 

Sobre esta búsqueda que emprenden los invidividuos para trascender el "presente imperfecto", Dowse & Hughes destacan el papel determinante que juega la ideología como motor para romper con el statu quo, erigiéndose como un pilar fundamental de la idea de cambio en una situación de conflicto: "(...) Es usual que las ideologías incorporen, o bien un elemento arcaico que vuelve su mirada hacia un pasado de orden, nobleza y simplicidad, o bien componentes fuertemente futuristas" (1999, p. 306).

En sociedades altamente ideologizadas es probable que el conflicto sea inminente, en tanto estas -entendidas en el sentido estricto del término- se presentan, según Sartori (2008, p. 126) como un "sistema de creencias basado en elementos fijos, caracterizado por alta intensidad emotiva y por una estructura cognitiva cerrada". Así pues, el campo para la negociación entre grupos sociales contrapuestos ideológicamente puede resultar dificil de visualizar, en tanto la confrontación (tanto verbal como física) es el destino más seguro.

Ejemplos de esto último los encontramos en las sociedades islámicas del medio oriente, donde el permanente conflicto armado que las caracteriza parece estar asociado al elevado grado de ideologización del que son objeto los individuos que las conforman. Lo cual, en conjunción con el factor religioso que media en dicho conflicto, hace de la paz algo difícil de avizorar.   

Ideología y política

Resulta bastante difícil deslindar la política -como acción encaminada a influir o controlar el poder dentro de la sociedad- del asunto ideológico. Esto, toda vez que entendemos que la ideología, como afirma Bell -referido por Sartori- es un cojunto de "(...) ideas convertidas en palancas sociales" (2008, p. 117). La ideología viene a ser, en esencia, el sustento del que beben quienes emprenden acciones políticas.

Así pues, podemos afirmar que para quienes se embarcan en la tarea de la conquista del poder (o al menos buscan obtener una cuota de influencia o participación en él), la ideología viene a ser el alimento que -al menos en un primer momento- les impulsa a movilizarse. De allí que las grandes luchas políticas que ha emprendido la humanidad, bien por la vía pacífica y gradual o bien por la de ruptura drástica y revolucionaria, siempre se encuentran movidas por un ideal que se conecta con una determinada  acción, es decir: un trasfondo ideológico.

De esta forma es evidente que cualquier acción política que adelante la humanidad siempre estará signada por un determinado planteamiento ideológico que opera en la mente del conjunto de invididuos que despliegan tal acción política. Así pues, desde la lucha por cuestiones que hoy consideramos básicas, como: la libertad,  la igualdad o la justicia, hasta la demanda de asuntos políticos más complejos y contemporáneos, como: el aumento del grado de participación del ciudadano en la acción de gobierno, el desarrollo de niveles de producción que sean sostenibles y sustentables en el tiempo (verdes), están y estarán siempre emparentados con un planteamiento ideológico.

La vinculación entre ideología y política se hace manifiesta si entedemos que la primera comprende, como se apuntó más arriba, la visión de la superación de un estado de cosas en los asuntos políticos -y por ende el tránsito, con el tipo y el grado de confrontación que ello implique- al establecimiento de una nueva realidad en dicho ámbito. Es precisamente desde el campo de la ideología desde donde se construye, en un imaginario colectivo, la "nueva realidad" por la que se lucha (pacífica o violentamente) y será pues ese marco ideológico el punto de partida desde donde se emprenderá la acción política, para así lograr establecer -una vez tomado el poder- lo que el mismo considere "bueno" y erradicar lo que a su vez éste estime que es "malo".

La ideología, estrechamente vinculada con la política, remite a un proceso de construcción de las formas del poder político en función de lo que un grupo de personas estima acorde a sus ideales. Lo ideológico sirve de sustrato a quienes emprenden acciones en la arena política, en tanto y en cuanto les orienta sobre cómo debe organirzarse el poder y cúales deben ser sus funciones y atribuciones.

Nehomar Adolfo Hernández


Bibliografía
             
DOWSE, Robert & HUGHES, John (1999). Sociología política, Madrid: Alianza Editorial.

SARTORI, G (2008). Elementos de teoría política. (6ta Ed.). Madrid: Alianza Editorial.


*Trabajo realizado por el autor para la asignatura "Elementos para el análisis político" de la Maestría en Ciencia Política de la Universidad Simón Bolívar (USB)

martes, 9 de abril de 2013

De la Guerra...





La guerra: ¿continuación de la política por otros medios?

Al hablar de la guerra, de entrada Von Clausewitz hace la distinción de que ésta, de manera global, puede ser entendida como un "acto de fuerza" en el que media un duelo entre dos actores que tienen intereses contrapuestos y en el que, en último término, lo que persiguen ambos no es otra cosa más que el "obligar al adversario a acatar nuestra voluntad" (p.7).

Al ser la guerra un acto que generalmente ocurre entre países (al menos desde la visión desde donde en líneas generales lo enfoca el autor), su puesta en marcha obedece a intereses de naturaleza política. Esta afirmación se compadece con el razonamiento que hace Von Clausewitz en torno a que la guerra -aún y cuando contempla una lógica propia que obliga a orientarla a través de mecanismos particulares- tiene un fin eminentemente instrumental que, en último término, persigue la consecusión directa de objetivos políticos. Así pues, podemos observar que aún y cuando la "victoria" en la guerra generalmente es analogada al desarme del contrario, o a la sumisión de éste a nuestros designios, los objetivos reales que se persiguen más allá de estas dos cosas están vinculados con aspiraciones de tipo político, las cuales -por cierto- siempre son las que tienden a originar el conflicto.

Cuando sale a colación la frase arquetípica de Von Clausewitz: "La guerra es la continuación de la política por otros medios", no se puede hacer otra cosa más que suscribirla. Un ejemplo clásico de ello puede ser puesto en el tapete si observamos lo siguiente:  cuando surge una disputa entre dos naciones por un determinado territorio, y ésta se torna imposible de resolver por la vía ordinaria de los tratados y la diplomacia, se acude a la vía de las armas para reclamar lo que cada país considera suyo. Es allí cuando vemos que la causa originaria del conflicto es política, como política será la conducción que se le de al mismo hasta que, alguna de las dos naciones en disputa se someta a la voluntad de la otra. Este ejemplo, donde las motivaciones políticas son el motor del conflicto y la vía diplomática se torna insuficiente para resolución del mismo, se evidencia claramente en lo ocurrido en la guerra por la disputa del territorio de las Islas Malvinas, que tuvo lugar en la década de los ochenta entre la República de Argentina y la Gran Bretaña.

Lo que decimos más arriba es confirmado en tanto y en cuanto este autor deja entrever, que el nivel de esfuerzo (entendido como la cantidad y calidad de las acciones militares que se emprendan a través de las armas) que se pone en marcha en el campo de batalla es directamente proporcional a la magnitud del objetivo político que se busca lograr. De allí que, evidentemente las gigantescas acciones militares que emprendió el eje nazi-fascista durante la 2da Guerra Mundial están directamente asociadas a las enormes dimensiones del objetivo político que perseguían: la conquista de territorios de considerable extensión en buena parte de Europa y, más allá de ello, la intención de establecer un nuevo orden mundial.

En Von Clausewitz se advierte -en alguna medida- la intención de desestimar la guerra como una mera expresión de irracionalidad y del desbordamiento de bajas pasiones que puede producirse en una circunstancia dada. Todo esto en la medida en que el autor considera que la conducción de la guerra se da, en la mayoría de los casos, en un marco donde preponderan ciertos criterios de planificación racional por encima del odio fortuito. La guerra, en todo caso, se rige bajo criterios tácticos y estratégicos que están emparentados con la política, ya que el conflicto "surge siempre de una circunstancia política, y no tiene su manisfestación más que por un motivo político. Es pues, un acto político." (p.19)

En esencia, la política (mirada a gran escala en la práctica de los Estados-Nación) no puede jamás desechar la opción de la guerra como un mecanismo para la consecución de sus objetivos, con lo que la vinculación entre política y guerra es innegable. Esto se resume en la afirmación que hace el autor acerca de  que "(...) el propósito político es el objetivo, mientras que la guerra constituye el medio, y nunca el medio debe ser pensado como desposeido de objetivo." (p.20).


La política: ¿continuación de la guerra por otros medios?
           
El invertir la afirmación clásica de Von Clausewitz de que "La guerra es la continuación de la política por otros medios" en modo alguno puede ser vista como una intención de contradecirla. Esto pues, si entendemos que la guerra es un asunto siempre latente cuando hablamos de las relaciones entre naciones y que, aún cuando un país termina sometiendo a otro luego de un largo proceso de guerra, lo que sigue es siempre un pacto de paz sujeto a ciertas condiciones que no necesariamente implican que la tranquilidad (ausencia de confrontación bélica) será algo eterno. Ninguna relación donde exista un vencedor y un vencido es inmune a que, pasado un tiempo, se reavive el conflicto armado. Así pues, mientras la "reaparición" de la guerra se plantea como una posibilidad, la política y sus mecanismos obrarán para fungir como catalizador en el conflicto de intereses presente entre sus actores.

La evidencia de que también podemos considerar a la política como la continuación de la guerra por otros medios se evidencia en la afirmación categórica de que "La guerra con su resultado, no es nunca algo absoluto", en tanto "(...) el Estado derrotado a menudo ve en ese final un mal transitorio al que cabe encontrar remedio en las circunstancias políticas posteriores" (p.12).

Esto se hace aún más evidente en casos donde, por ejemplo, una nación que resulta "derrotada" tras un proceso de guerra emplea mecanismos inherentes a la actividad política para buscar hacerle frente -y superar- a su adversario: lograr posicionamiento en organismos internacionales a través de la labor diplomática (ONU, OEA); lograr mayores índices de desarrollo económico que la otra nación (en pos de volverse más competetiva que ésta), etc. De allí que, teniendo en cuenta que "La política es la inteligencia del Estado personificado" (p.20) y leyendo entre líneas a Von Clausewitz, en la dicotomía política-guerra no existen victorias ni derrotas definitivas, sino que en cambio se trata de un continuum en el cual las naciones siempre estarán valiéndose de distintos mecanismos que les permitan alcanzar su objetivo esencial: imponer su voluntad al contrario.   

           
 Bibliografía

VON CLAUSEWITZ, C (2002). De la Guerra. Recuperado de: http://lahaine.org/amauta/b2-img/Clausewitz%20Karl%20von%20-%20De%20la%20guerra.pdf


Nehomar Adolfo Hernández


*Trabajo realizado por el autor para la asignatura "Elementos para el análisis político" de la Maestría en Ciencia Política de la Universidad Simón Bolívar (USB)