domingo, 21 de abril de 2013

Sobre las ideologías y su vinculación con la paz y el conflicto



Ideología, paz y conflicto    

Es clara la vinculación que puede establecerse entre las ideologías (o bien su aparición) la paz y los momentos de conflicto. Así pues, puede afirmarse con toda propiedad que es precisamente en los momentos donde existen profundas tensiones dentro de la sociedad cuando tenemos un ambiente más fecundo para la aparición de lo que catalogamos como una ideología.     

La historia universal es profusa en ejemplos que vienen a confirmar la presunción de que los brotes ideológicos se han dado cuando las sociedades atraviesan momentos duros en el campo  económico o bien de cuestionamiento masivo al régimen político que las rige; así pues, nos encontramos con la demostración reveladora que constituye la aparición de la ideología nacional-socialista en una sociedad conflictuada, herida en su orgullo nacional y severamente golpeada en lo económico como era la Alemania perdedora de la primera guerra mundial, y que a su vez es en la que Hitler logra imponer su proyecto ideológico.

La asociación con los momentos de conflicto y la aparición y efervescencia de las ideologías es confirmada por la idea de Sorel que rescatan Dowse & Hughes en su libro de Sociología Política:


"La ideología da satisfacción y explicación de las tensiones individuales que los   hombres deben soportar durante los períodos de tensión social o en los puntos de quiebra social, y, por esta razón, Bell sugiere que la función latente más importante de la ideología es abrir la espita de la emoción" (1999, p. 307)

Por el contrario, en una sociedad donde se mantiene la paz e impera la estabilidad política y económica rara vez encontraremos una irrupción ideológica masiva. Ciudadanos que tienen plenamente garantizadas condiciones de vida dignas, que operan bajo un régimen de todo tipo de libertades y que además no ven amenazada la posibilidad de satisfacer sus necesidades -tanto básicas como las que, de acuerdo a un determinado nivel de ingresos, luego se vayan generando- dificilmente se preocuparán y ocuparán por el asunto ideológico.

Es en los momentos de conflicto, donde se produce -o se busca que se produzca- la ruptura con un determinado estado de cosas, cuando más fecundidad tienen las disquisiciones ideológicas en los colectivos humanos. Esto en buena parte, debido a que el adoptar una ideología presupone que los individuos necesariamente asuman una visión del mundo que trasciende y supera el statu quo que impera en ese momento (la situación conflictiva en sí), bien por algo que algún día podría ser (un futuro promisorio) o bien por volver a algo que ya fue (el regreso a un pasado que fue mejor); es pues, en conjunción, la búsqueda de una situación ideal. 

Sobre esta búsqueda que emprenden los invidividuos para trascender el "presente imperfecto", Dowse & Hughes destacan el papel determinante que juega la ideología como motor para romper con el statu quo, erigiéndose como un pilar fundamental de la idea de cambio en una situación de conflicto: "(...) Es usual que las ideologías incorporen, o bien un elemento arcaico que vuelve su mirada hacia un pasado de orden, nobleza y simplicidad, o bien componentes fuertemente futuristas" (1999, p. 306).

En sociedades altamente ideologizadas es probable que el conflicto sea inminente, en tanto estas -entendidas en el sentido estricto del término- se presentan, según Sartori (2008, p. 126) como un "sistema de creencias basado en elementos fijos, caracterizado por alta intensidad emotiva y por una estructura cognitiva cerrada". Así pues, el campo para la negociación entre grupos sociales contrapuestos ideológicamente puede resultar dificil de visualizar, en tanto la confrontación (tanto verbal como física) es el destino más seguro.

Ejemplos de esto último los encontramos en las sociedades islámicas del medio oriente, donde el permanente conflicto armado que las caracteriza parece estar asociado al elevado grado de ideologización del que son objeto los individuos que las conforman. Lo cual, en conjunción con el factor religioso que media en dicho conflicto, hace de la paz algo difícil de avizorar.   

Ideología y política

Resulta bastante difícil deslindar la política -como acción encaminada a influir o controlar el poder dentro de la sociedad- del asunto ideológico. Esto, toda vez que entendemos que la ideología, como afirma Bell -referido por Sartori- es un cojunto de "(...) ideas convertidas en palancas sociales" (2008, p. 117). La ideología viene a ser, en esencia, el sustento del que beben quienes emprenden acciones políticas.

Así pues, podemos afirmar que para quienes se embarcan en la tarea de la conquista del poder (o al menos buscan obtener una cuota de influencia o participación en él), la ideología viene a ser el alimento que -al menos en un primer momento- les impulsa a movilizarse. De allí que las grandes luchas políticas que ha emprendido la humanidad, bien por la vía pacífica y gradual o bien por la de ruptura drástica y revolucionaria, siempre se encuentran movidas por un ideal que se conecta con una determinada  acción, es decir: un trasfondo ideológico.

De esta forma es evidente que cualquier acción política que adelante la humanidad siempre estará signada por un determinado planteamiento ideológico que opera en la mente del conjunto de invididuos que despliegan tal acción política. Así pues, desde la lucha por cuestiones que hoy consideramos básicas, como: la libertad,  la igualdad o la justicia, hasta la demanda de asuntos políticos más complejos y contemporáneos, como: el aumento del grado de participación del ciudadano en la acción de gobierno, el desarrollo de niveles de producción que sean sostenibles y sustentables en el tiempo (verdes), están y estarán siempre emparentados con un planteamiento ideológico.

La vinculación entre ideología y política se hace manifiesta si entedemos que la primera comprende, como se apuntó más arriba, la visión de la superación de un estado de cosas en los asuntos políticos -y por ende el tránsito, con el tipo y el grado de confrontación que ello implique- al establecimiento de una nueva realidad en dicho ámbito. Es precisamente desde el campo de la ideología desde donde se construye, en un imaginario colectivo, la "nueva realidad" por la que se lucha (pacífica o violentamente) y será pues ese marco ideológico el punto de partida desde donde se emprenderá la acción política, para así lograr establecer -una vez tomado el poder- lo que el mismo considere "bueno" y erradicar lo que a su vez éste estime que es "malo".

La ideología, estrechamente vinculada con la política, remite a un proceso de construcción de las formas del poder político en función de lo que un grupo de personas estima acorde a sus ideales. Lo ideológico sirve de sustrato a quienes emprenden acciones en la arena política, en tanto y en cuanto les orienta sobre cómo debe organirzarse el poder y cúales deben ser sus funciones y atribuciones.

Nehomar Adolfo Hernández


Bibliografía
             
DOWSE, Robert & HUGHES, John (1999). Sociología política, Madrid: Alianza Editorial.

SARTORI, G (2008). Elementos de teoría política. (6ta Ed.). Madrid: Alianza Editorial.


*Trabajo realizado por el autor para la asignatura "Elementos para el análisis político" de la Maestría en Ciencia Política de la Universidad Simón Bolívar (USB)

martes, 9 de abril de 2013

De la Guerra...





La guerra: ¿continuación de la política por otros medios?

Al hablar de la guerra, de entrada Von Clausewitz hace la distinción de que ésta, de manera global, puede ser entendida como un "acto de fuerza" en el que media un duelo entre dos actores que tienen intereses contrapuestos y en el que, en último término, lo que persiguen ambos no es otra cosa más que el "obligar al adversario a acatar nuestra voluntad" (p.7).

Al ser la guerra un acto que generalmente ocurre entre países (al menos desde la visión desde donde en líneas generales lo enfoca el autor), su puesta en marcha obedece a intereses de naturaleza política. Esta afirmación se compadece con el razonamiento que hace Von Clausewitz en torno a que la guerra -aún y cuando contempla una lógica propia que obliga a orientarla a través de mecanismos particulares- tiene un fin eminentemente instrumental que, en último término, persigue la consecusión directa de objetivos políticos. Así pues, podemos observar que aún y cuando la "victoria" en la guerra generalmente es analogada al desarme del contrario, o a la sumisión de éste a nuestros designios, los objetivos reales que se persiguen más allá de estas dos cosas están vinculados con aspiraciones de tipo político, las cuales -por cierto- siempre son las que tienden a originar el conflicto.

Cuando sale a colación la frase arquetípica de Von Clausewitz: "La guerra es la continuación de la política por otros medios", no se puede hacer otra cosa más que suscribirla. Un ejemplo clásico de ello puede ser puesto en el tapete si observamos lo siguiente:  cuando surge una disputa entre dos naciones por un determinado territorio, y ésta se torna imposible de resolver por la vía ordinaria de los tratados y la diplomacia, se acude a la vía de las armas para reclamar lo que cada país considera suyo. Es allí cuando vemos que la causa originaria del conflicto es política, como política será la conducción que se le de al mismo hasta que, alguna de las dos naciones en disputa se someta a la voluntad de la otra. Este ejemplo, donde las motivaciones políticas son el motor del conflicto y la vía diplomática se torna insuficiente para resolución del mismo, se evidencia claramente en lo ocurrido en la guerra por la disputa del territorio de las Islas Malvinas, que tuvo lugar en la década de los ochenta entre la República de Argentina y la Gran Bretaña.

Lo que decimos más arriba es confirmado en tanto y en cuanto este autor deja entrever, que el nivel de esfuerzo (entendido como la cantidad y calidad de las acciones militares que se emprendan a través de las armas) que se pone en marcha en el campo de batalla es directamente proporcional a la magnitud del objetivo político que se busca lograr. De allí que, evidentemente las gigantescas acciones militares que emprendió el eje nazi-fascista durante la 2da Guerra Mundial están directamente asociadas a las enormes dimensiones del objetivo político que perseguían: la conquista de territorios de considerable extensión en buena parte de Europa y, más allá de ello, la intención de establecer un nuevo orden mundial.

En Von Clausewitz se advierte -en alguna medida- la intención de desestimar la guerra como una mera expresión de irracionalidad y del desbordamiento de bajas pasiones que puede producirse en una circunstancia dada. Todo esto en la medida en que el autor considera que la conducción de la guerra se da, en la mayoría de los casos, en un marco donde preponderan ciertos criterios de planificación racional por encima del odio fortuito. La guerra, en todo caso, se rige bajo criterios tácticos y estratégicos que están emparentados con la política, ya que el conflicto "surge siempre de una circunstancia política, y no tiene su manisfestación más que por un motivo político. Es pues, un acto político." (p.19)

En esencia, la política (mirada a gran escala en la práctica de los Estados-Nación) no puede jamás desechar la opción de la guerra como un mecanismo para la consecución de sus objetivos, con lo que la vinculación entre política y guerra es innegable. Esto se resume en la afirmación que hace el autor acerca de  que "(...) el propósito político es el objetivo, mientras que la guerra constituye el medio, y nunca el medio debe ser pensado como desposeido de objetivo." (p.20).


La política: ¿continuación de la guerra por otros medios?
           
El invertir la afirmación clásica de Von Clausewitz de que "La guerra es la continuación de la política por otros medios" en modo alguno puede ser vista como una intención de contradecirla. Esto pues, si entendemos que la guerra es un asunto siempre latente cuando hablamos de las relaciones entre naciones y que, aún cuando un país termina sometiendo a otro luego de un largo proceso de guerra, lo que sigue es siempre un pacto de paz sujeto a ciertas condiciones que no necesariamente implican que la tranquilidad (ausencia de confrontación bélica) será algo eterno. Ninguna relación donde exista un vencedor y un vencido es inmune a que, pasado un tiempo, se reavive el conflicto armado. Así pues, mientras la "reaparición" de la guerra se plantea como una posibilidad, la política y sus mecanismos obrarán para fungir como catalizador en el conflicto de intereses presente entre sus actores.

La evidencia de que también podemos considerar a la política como la continuación de la guerra por otros medios se evidencia en la afirmación categórica de que "La guerra con su resultado, no es nunca algo absoluto", en tanto "(...) el Estado derrotado a menudo ve en ese final un mal transitorio al que cabe encontrar remedio en las circunstancias políticas posteriores" (p.12).

Esto se hace aún más evidente en casos donde, por ejemplo, una nación que resulta "derrotada" tras un proceso de guerra emplea mecanismos inherentes a la actividad política para buscar hacerle frente -y superar- a su adversario: lograr posicionamiento en organismos internacionales a través de la labor diplomática (ONU, OEA); lograr mayores índices de desarrollo económico que la otra nación (en pos de volverse más competetiva que ésta), etc. De allí que, teniendo en cuenta que "La política es la inteligencia del Estado personificado" (p.20) y leyendo entre líneas a Von Clausewitz, en la dicotomía política-guerra no existen victorias ni derrotas definitivas, sino que en cambio se trata de un continuum en el cual las naciones siempre estarán valiéndose de distintos mecanismos que les permitan alcanzar su objetivo esencial: imponer su voluntad al contrario.   

           
 Bibliografía

VON CLAUSEWITZ, C (2002). De la Guerra. Recuperado de: http://lahaine.org/amauta/b2-img/Clausewitz%20Karl%20von%20-%20De%20la%20guerra.pdf


Nehomar Adolfo Hernández


*Trabajo realizado por el autor para la asignatura "Elementos para el análisis político" de la Maestría en Ciencia Política de la Universidad Simón Bolívar (USB)
 

domingo, 31 de marzo de 2013

El poder como ejercicio del consenso / El poder, la violencia y la revolución







El poder como ejercicio del consenso

A lo largo de toda la obra "Sobre la Violencia" de Hannah Arendt se advierte la intención marcada de la autora en someter a revisión -desde una perspectiva particular- algunos conceptos que tradicionalmente están asociados a la praxis política. Aún y cuando las disertaciones sobre la noción de violencia, guerra y conflicto copan buena parte del libro, otros conceptos de importancia capital también son estudiados en esta obra; tal es el caso de una nueva conceptualización del asunto del poder que hace explícita Arendt.

En tal sentido, la autora de origen judeo-alemán busca establecer una suerte de dicotomía entre dos aspectos que constituyen parte -quizás protagónica- de lo político: el poder y la violencia. De allí pues, la visión particular de Arendt buscará hacernos comprender que estos dos conceptos se pueden entender en la medida en la que el uno refleja -por definición- la negación del otro.

El poder y la violencia son opuestos; donde uno domina absolutamente falta el otro. La violencia aparece donde el poder está en peligro pero, confiada a su   propio impulso, acaba por hacer desaparecer al poder. Esto implica que no es correcto pensar que lo opuesto de la violencia es la no violencia; hablar de un poder no violento constituye en realidad una redundancia. La violencia puede    destruir al poder; es absolutamente incapaz de crearlo. (Arendt, 1970, p. 77)

Ahora bien, para hacer más clara esta distinción conviene comprender que la autora estima que el poder, más que un vehículo para la represión legítima, la admistración del "orden" o la estructuración estratificada de relaciones verticales entre  el gobernante y los gobernados, es un ejercicio permanente de consenso. Aquí el meollo de la discusión descansa en la construcción alternativa que hace Arendt de la visión que tienen autores como Maquiavelo, Hobbes o Weber, donde el poder pasa de ser un asunto que se resume en la ecuación mando-obediencia a ese entramado mucho más complejo que se da en el ámbito de las relaciones sociales y donde, a través del debate constante, se persigue el llegar a puntos de coincidencia; es decir: a la consecución de acuerdos.  

Conviene reflexionar si lo expuesto por Arendt es simplemente una visión alternativa a la de los autores que hemos mencionados anteriormente o, si más allá de eso, tiene pretensiones de trascender las concepciones maquiavélicas o weberianas del poder. De acuerdo a las propias palabras de la autora, la intención parece ser esta última, en tanto y en cuanto pretende superar y al mismo tiempo complementar la definición de poder usualmente estudiada en la ciencia política; todo ello al estimar que: "Poder corresponde a la capacidad humana, no simplemente para actuar, sino para actuar concertadamente. El poder nunca es propiedad de un individuo; pertenece a un grupo y sigue existiendo mientras que el grupo se mantenga unido." (p.60)

Así pues, Arendt no concibe lo poderoso en los términos de la mandonería propia de un tirano que, a través del terror y la violencia, coacciona a un conjunto de personas para imponer su voluntad, sino que por el contrario estima que habrá poder efectivo allá donde la toma de decisiones se produzca al calor de lo consensuado, habrá poder donde más allá de las imposiciones, haya acuerdos generados a través del diálogo.

Esta visión de la autora, seguramente muy influenciada por su vivencia personal vinculada a las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial y la persecución del pueblo judío preconizada por el régimen Nazi alemán, es una abierta invitación a repensar  cómo concebimos que una Nación es "poderosa": si lo hacemos como un sistema donde reinan la amenaza y la permanente latencia de la guerra (interna y externa) contra quien disiente del "gobierno fuerte", o bien como una sociedad que -apalancada en el diálogo- llega a puntos de vista en común que permiten enrumbar los barcos de un verdadero proyecto nacional hacia un sólo puerto.   


El poder,  la violencia y la revolución

Como se ha mencionado más arriba, poder y violencia son conceptos que para Arendt son imposibles de desvincular el uno de el otro. Esto es, comprender ambas nociones como antagónicas: cuando el rango de acción de una va in crescendo el de la otra, lógicamente, se reduce. Así pues, se hace evidente que -en medio de la concepción del poder consensuado que se estableció antes- cuando alguien emprende el sendero pleno de incertumbre que representa la violencia los cimientos del poder que dice detentar se fracturan.

Cuando una nación decide iniciar una guerra el llamado al conflicto -necesariamente- debe legitimarse, generalmente a través de explicaciones en la arena política en aras de hallar una justificación; es en ese interín cuando el supuesto poder de los gobernantes pudiese comenzar a ser puesto en entredicho. Desde otro punto de vista, si la guerra se emprende sin que medie argumento alguno (por criticable que éste pueda ser) la acción violenta no gozará de legitimidad, por lo que el cuestionamiento al poder -y su tambaleo- es el destino más seguro.

En todo caso, para Arendt la violencia  no es, en lo absoluto, definible en sí misma, puesto que entraña un carácter meramente "instrumental" (p.63), donde ésta dificilmente puede ser concebida como un fin, más aún cuando siempre sirve como herramienta o medio para lograr otros objetivos (conquistar nuevos territorios, por ejemplo). A través de esta concepción también podemos entender por qué los intentos de imponer a troche y moche algo (a través de amenazas o de escaladas de violencia) son abierta contraposición y reducción de la esfera del poder (visto como espacio de consenso y concierto de ideas).

Sobre el tema de las revoluciones Arendt destaca un aspecto que es capital: estas no se hacen por obra y gracia de las pasiones desbordadas ni por un mero instinto de exacerbación de la violencia, sino que por el contrario están ineludiblemente ligadas al sentido de la oportunidad de quien pretenda liderizarlas; esto es, ni más ni menos, que el tener ese olfato que permite detectar una serie de condiciones que garantizan el éxito de la revolución. Lo de Arendt no viene a ser una revelación o una novedad, puesto que ya el propio Lenin en sus escritos previos a la puesta en marcha de la "Revolución Bolchevique" advertía que para que ésta fuese exitosa se debía esperar un momento oportuno donde se presentaran una serie de condiciones específicas que garantizaran la toma efectiva del poder.

Si nos seguimos remitiendo al caso específico de la Revolución Rusa, resulta evidente que la afirmación de que "revolucionario es aquel que reconoce cuando el poder está en la calle y sabe cómo tomarlo" cobra  cierta verosimilitud. Todo ello en la medida en que Lenín aprovecha la magnitud del poder que representa para entonces la gran masa de obreros que están dispuestos a salir a la calle para reclamar sus derechos y constituye una vanguardia que dote de dirección política a ese movimiento, al tiempo que se aprovecha de la condición histórica de declive en la que venía sumiéndose el otrora poderoso régimen zarista.
           
 Nehomar Adolfo Hernández


Bibliografía

ARENDT, H (1970). Sobre la violencia. Madrid: Alianza Editorial 


*Trabajo realizado por el autor para la asignatura "Elementos para el análisis político" de la maestría en ciencia política de la Universidad Simón Bolívar (USB)

domingo, 24 de marzo de 2013

Demarcando Estado y Sociedad / Poder y legitimidad






Demarcando Estado y Sociedad

Uno de los debates más fecundos y ricos que se plantean en el mundo de la política es, indudablemente, aquel que busca arrojar luces a la eterna polémica entre lo público y lo privado: ¿En qué ámbito comienza una cosa y dónde arranca la otra? ¿Hasta qué punto llega cada una?. Son muchas las preguntas que pueden formularse sobre estos dos particulares, y justamente en ese sentido se plantea la polémica entre el espacio de acción específico de "La Sociedad" y aquel que le atañe a lo que actualmente conocemos como "El Estado". ¿Podemos hablar de sociedad sin recurrir al concepto de Estado?.

En principio, resulta interesante entender al Estado más allá de la concepción Weberiana clásica, donde éste es meramente el ente que detenta el monopolio legítimo de la violencia dentro de un determinado territorio. De igual forma, resulta conveniente evaluar en profundidad la definición de "sociedad civil" que llega a asomar Sartori en su obra "Elementos de teoría política" (2008), en la cual la circunscribe a ser un cuerpo que comienza a desarrollarse de forma autónoma y desvinculada del Estado en el momento en el que emprende -con éxito- la tarea de estructurar sus propias relaciones económicas basadas en el libre intercambio de bienes y servicios entre los individuos, en la Europa de los Siglos XVIII y XIX.  

Ahora bien, a fines de enriquecer la definición de Estado que estamos trabajando bien vale incorporar el concepto que toma prestado Bobbio en su libro sobre "Estado, Gobierno y Sociedad" (1989), allí éste es visto por Mortati (1969:27) como el "ordenamiento jurídico para los fines generales que ejerce el poder soberano en un territorio determinado, al que están subordinados necesariamente los sujetos que pertenecen a él" (p.128). Y de allí deviene necesariamente la pregunta: ¿Y qué serían estos sujetos sino la sociedad?. Esto parece clarificarnos un poco la duda de la vinculación entre una y otra cosa, duda que dejaremos más clara a continuación.

Por otra parte, en lo referente a la sociedad, y buscando superar la visión donde su separación del Estado descansa exclusivamente en el hecho de la autonomía económica, Bobbio es enfático al afirmar que dificilmente se puede definir "Sociedad civil" sin hacer alusión al Estado. Allí el autor señala que "negativamente, se entiende por 'sociedad civil' la esfera de las relaciones sociales que no está regulada por el Estado" (p.39). Ergo, el espacio entre uno y otro ámbito parece tener una delgada línea limítrofe, por demás sometida a una discusión permanente.

Si analizamos todo el asunto desde el punto de vista de determinar el espacio de actuación del Estado y el de la Sociedad, nos percataremos de que el primero, ineludiblemente, tiene como "razón de existencia" y "deber ser" una serie de acciones que se implementan para impactar directamente en la esfera de la "Sociedad Civil". De allí que hasta quienes pregonan la utilidad de la existencia del llamado Estado mínimo consienten en la idea de que éste es un instrumento que debe ocuparse  -al menos- de garantizar que la violencia no opere libremente dentro de la sociedad, resguardando la vida de sus integrantes. Más allá de ello, quienes consideran necesario que el Estado asuma otra serie de tareas en pos de garantizar el bienestar social, estiman vital que éste vele por el establecimiento de sistemas efectivos de salud y educación pública, por ejemplo. En resumen, al percatarnos de que las actuaciones del Estado tienen como escenario de sus actos al espacio donde hace vida la Sociedad, entendemos que resulta ilógico y absurdo desvincularles.

Si se enfoca el análisis desde el punto de vista de las actuaciones que adelanta la llamada "sociedad civil", puede aceptarse que muchas de ellas pueden llevarse a cabo sin que medie la actuación del Estado (como los intercambios económicos, o las formas de representación cultural). Sin embargo, ésto sólo es valido para sociedades democráticas donde hay goce pleno de las libertades políticas, económicas, culturales, entre otras. Desde aquellos Estados que se adjudican la realización de un mayor número de tareas, hasta los que tienen aspiraciones totalitarias (intervienen directa o indirectamente en las distintas esferas en las que opera la Sociedad con el ánimo de eclipsarlas), la afirmación aquella de que el mundo del Estado y el de la Sociedad Civil están divorciado es, cuando menos, risible.    

En definitiva, aún en casos ideales donde la democracia opera como es debido, más allá del mero hecho electoral, la "Sociedad" actúa en un territorio donde la forma de organización operante es el Estado, por tanto la misma siempre será impactada en alguna medida por las actuaciones que éste adelante, mientras que las suyas, aún y cuando busquen mantenerse al margen de la esfera de acción del Estado, pueden verse comprometidas por la orientación que tenga éste último.


Poder y legitimidad

Aún y cuando hemos aclarado más arriba que el uso de la fuerza no es, per sé, el único elemento definitorio del poder político (como establece Weber en su concepción clásica del Estado), no se puede negar que el monopolio de la violencia legítima es el  componente primordial que caracteriza a este tipo de poder.

Y cuando hablamos de que el Estado -como máxima instancia del poder político- asume para sí la tarea de administrar la violencia en los casos que fuere necesario, ineludiblemente aceptamos también que lo hace basado en principios de legitimidad que le otorgan esa potestad.

De arrancada, estos principios de legitimidad se sustentan en el consenso general que rige a la mayor parte del mundo desde que, en la Europa del siglo XV, irrumpiera Maquiavelo enarbolando la figura del Estado como forma de organización del poder político, en una relación de orientación vertical entre gobernantes y gobernados. Todo ello de tal manera que, hasta nuestros días, ésta es la concepción cuasi universal que se tiene para estructurar el poder. Al sol de hoy, la premisa Marxista de hacer implosionar al Estado para, luego de su desaparición, lograr establecer la horizontalidad a través del gobierno de todos no ha visto concresión en ninguna parte del mundo (prueba de ello es el fracaso de la experiencia soviética que dio al traste 7 décadas después de iniciada la Revolución Bolchevique).

De allí que, probablemente, la base legitimadora del Estado la podamos encontrar en el consenso generalizado que existe para aceptar que es la única figura viable para organizar el poder político. Esto lo podemos ver patentizado en esa premisa que expresa que el Estado, al menos en principio, es el instrumento necesario para resolver aquello que los particulares, por un muchas razones que no es la idea mencionar aquí, no pueden resolver por cuenta propia, ejemplo: el resguardo de su seguridad personal al salir a una calle (basta imaginar qué pasaría en una ciudad donde  absolutamente todos sus pobladores usaran armas indiscriminadamente, basados en el principio de la "defensa personal".)

En resumen, al hablar de la necesaria legitimidad que le otorgan los particulares al Estado (poder político) para que éste use la violencia cuando se amerite, es vital entender que esto no implica la extensión de un cheque en blanco. Sobre este particular Bobbio (1989) destaca que lo que hace perdurable al poder político son las bases de legitimidad sobre las que descansa. En tal sentido, lo "légitimo" viene dado en arreglo: 1) a la naturaleza: si se considera que unos deben mandar y otros obedecer o bien que necesariamente la racionalidad impone que un soberano elija a su gobernante, 2) a la historia: donde la tradición y el statu quo se vuelven algo legitimador o bien la idea de cambio provoca una revolución que acabe con lo establecido y 3) a la voluntad: en la Monarquía se acepta la voluntad divina, mientras que en la República rige la decisión del soberano (p.120-124)

Finalmente, al hablar de ese manto de legitimidad del que hemos entendido que debe estar revestido el poder político para operar, indirectamente aceptamos que para ello es necesario que continuamente ocurran procesos de permanente re-legitimación de los mecanismos que emplea dicho poder en su accionar rutinario, aval que, en todo caso, le corresponde al soberano dar.  

                                                                                                                 
                   Nehomar Adolfo Hernández


Bibliografía

BOBBIO, N (1989). Estado, Gobierno y Sociedad. México: Fondo de Cultura Económica

SARTORI, G (2008). Elementos de teoría política. (6ta Ed.). Madrid: Alianza Editorial.


*Trabajo realizado por el autor para la materia "Elementos para el análisis político" de la maestría en Ciencia Política de la Universidad Simón Bolívar (USB). 

miércoles, 20 de marzo de 2013

¿Qué es la política?/La política y la búsqueda de lo justo






¿Qué es la política?

Cuando emprendemos cualquier estudio vinculado con la política, lógicamente un aspecto fundamental que determina el éxito que podamos tener en dicha tarea recae en el hecho de  precisar y entender muy bien de qué estamos hablando al momento de referirnos a esta expresión. Tanto más cuando la escasa comprensión sobre lo que implica tal palabra algunas veces genera distorsiones en el imaginario colectivo; falsas suposiciones que, en ciertas ocasiones, tienden a hermanar el término "política" con todo lo malo que se pueda esperar del hombre.

En tal sentido, y con el el propósito de  hacernos de una noción básica de la política, la definición aportada por Manuel García-Pelayo en su "Idea de la Política" (1999) nos resulta de una utilidad inconmensurable. En dicha obra, este connotado académico español delimita con gran precisión el asunto, circunscribiéndolo a la "aspiración a participar en el poder o a influir en su distribución, sea entre Estados, sea, dentro un Estado, entre los hombres incluidos en él" (p.13).

De esta concepción que tiene García-Pelayo se desprende que, naturalmente, las actividades propias de la política derivan de la cuota de participación e influencia que pueda tener un individuo (inserto en la vida en comunidad) al momento de poder decidir cómo se conducen los asuntos públicos de la parroquia, municipio, estado o país en el que habita (nótese que en este caso hacemos alusión a las unidades de división político-territoriales utilizadas en Venezuela, pero lo mismo aplica a cantones, distritos, condados o a las distintas unidades que son empleadas en otras latitudes del mundo). Fijada esta idea, es evidente que la discusión sobre lo que es político gira en torno a aspectos sumamente inmediatos a cualquier persona que, como es normal en la vida humana, genere interacciones con sus semejantes dentro de un determinado espacio físico; de allí que, tal y como se ha señalado siempre, lo político tiene una vinculación   -en extremo difícil de romper- con lo social.

Así pues, el quehacer político involucra a colectivos humanos, comprometiéndolos en la toma de decisiones que afectan positiva o negativamente las metas o fines que éstos tengan a bien plantearse como unidad. Estas lineas maestras -o fines que se plantea cada sociedad- abarcan un amplio abanico de aspectos inherentes a la vida de quienes conforman este corpus social: la orientación del modelo económico a seguir, las manifestaciones culturales aceptadas, las leyes que establecen lo permitido y lo prohibido dentro de una comunidad, entre muchos otros elementos.

El propio García-Pelayo (1999) indica que, a grandes rasgos, a lo largo de la historia de la humanidad puede distinguirse entre dos visiones de la política: una que apunta fundamentalmente a la lucha por el control del poder y por ende se concibe en términos de establecer relaciones entre gobernantes y gobernados (donde unos imponen su voluntad a los otros); y por otra parte, también es admisible contemplarla como un mecanismo para aspirar a la paz y el orden social, donde el elemento clave es la búsqueda de la justicia (pp. 6-7).

En conclusión, el ámbito de la política siempre estará situado allí donde bien los individuos o bien los grupos humanos -movidos por una serie de motivaciones propias- busquen dirimir en la esfera pública sus conflictos. Estas confrontaciones, a veces canalizadas a través de la violencia física y otras tantas matizadas a través del diálogo, persiguen la conquista de espacios en los niveles de decisión que se pueden tener para determinar el destino de un colectivo. Son ejemplos de la búsqueda del poder que hemos descrito: los conflictos armados que se dan entre países (situación violenta) y las pugnas electorales que se dan entre partidos políticos en un determinado país para acceder a cargos de elección popular (situación no violenta).


La política y la búsqueda de lo justo

Resulta difícil deslindar la búsqueda de la justicia del campo de acción de la política, tanto más cuando la tradición inaugurada por los filósofos griegos asoma que, por encima de muchas otras cosas, el ejercicio de lo político tenía como objeto fundamental garantizar la prevalencia de lo bueno y lo virtuoso dentro de la polis, ergo el objetivo apuntaba a aproximarse a lo que era justo para sus ciudadanos.

En esencia, esta visión de la política como mecanismo para lograr la justicia se sustenta en lo que indica Sartori (2008) desde el punto de vista del análisis del discurso de los griegos, el cual afirma que contampla un profundo componente ético que es posible detectar especialmente en los trabajos de Platón (p. 237). Sin embargo, con el tránsito a la entrada en escena del Estado como estructura fundamental de la política y la aparición de una relación vertical entre quien detenta el gobierno y quien, logicamente, es gobernado  (bandera fundamental del pensamiento de Maquiavelo) la noción de lo justo como fin último de la política se verá trastocada en cierta medida. De acuerdo a esta nueva concepción la valoración no oscilará entre lo bueno y lo malo, sino que se centrará en la búsqueda de los mecanismos que permitan la conservación del poder y que a la vez logren hacerlo funcional y efectivo, en una relación donde existen gobernantes y gobernados.

Ahora bien, para entender a qué nos referimos resulta provechoso hacerse de la definición que esgrime García-Pelayo (1999), que amplía la noción general que podamos tener sobre lo justo asociado solamente a la visión básica de lo bueno y lo malo. Es caracterizada por dicho autor como sigue:

La pretensión de realizar imperativamente, es decir, en general por la vía jurídica, un sistema axiológico, concepción que no contradice el concepto tradicional de justicia, sino que más bien lo perfecciona en cuanto que proporciona un standard de lo que es cada uno y la jerarquía de objetivos hacia los que ha de tender la comunidad política. (p.21)

De allí se deriva la reflexión de que la justicia va más allá de la dualidad simplista de la concepción bueno-malo que cada quien pueda tener, puesto que producto de la evolución histórica del pensamiento la búsqueda de lo justo se verá luego vinculada a la creación de un ordenamiento jurídico que permita reglamentar mediante la ley ¿qué es lo que definitivamente debe aceptarse y qué es lo que por ningún motivo puede aceptarse? en función de las particulares aspiraciones y modos de vivir de cada sociedad.   

Así pues, el propio García-Pelayo refiere que la relación entre la política y la justicia en nuestros días puede bosquejarse, en alguna medida, en los términos en los  que Schiller planteó el asunto y que, palabras más, palabras menos, asumen el hecho de que la actividad política se vincula con la búsqueda de la conquista del poder, para que una vez que éste haya sido tomado se implante en los gobernados una noción de justicia. Esto es, en resumen, generar una serie de objetivos que dicha sociedad asume como propósito a realizar, dentro de unos esquemas que delimitan cuáles son las actuaciones permitidas y las no permitidas para lograrlo. 

Nehomar Adolfo Hernández

Bibliografía

GARCÍA-PELAYO, M (1999). Idea de la política. (6ta Ed.). Caracas: Fundación Manuel García-Pelayo.

SARTORI, G (2008). Elementos de teoría política. (6ta Ed.). Madrid: Alianza Editorial. 
  


*Trabajo realizado para la asignatura "Elementos para el análisis político" de la maestría en Ciencia Política en la Universidad Simón Bolívar (USB)

jueves, 27 de diciembre de 2012

La ausencia del Líder ¿El fin del proyecto?: Hugo Chávez y el destino de la Revolución Bolivariana en Venezuela


Luego de haber vencido en los comicios presidenciales del 7 de octubre de este año -al contar con el voto de algo más de 8 millones de venezolanos- y tras una ausencia del país prolongada por varios días y que había dejado el campo abierto a la especulación y la rumorología, el sábado 8 de diciembre reapareció el Presidente Chávez en el Palacio de Miraflores en una cadena de radio y televisión que tenía como propósito anunciarle a los venezolanos los quebrantos que venía presentando su salud en las últimas semanas.



Así pues, flanqueado por Nicolás Maduro (Vice-Presidente de la República) y Diosdado Cabello (Presidente de la Asamblea Nacional y Vice-Presidente del Partido Socialista Unido de Venezuela), se presentaba el Comandante Hugo Chávez ante la opinión pública ese sábado con tres objetivos fundamentales, a saber: 

1) Rendir cuenta del  más reciente tratamiento al que se había sometido en la Isla de Cuba, mediante la aplicación de oxígeno a través de una cámara hiperbárica, todo ello ante la aparición de molestias y dolores importantes en la zona de donde se leextrajo el tumor cancerígeno que ha venido aquejando su salud desde hace más de 1 año y medio (junio de 2011).
               
2) Informar que paralelamente a las sesiones de terapia con dicho tratamiento se había sometido a una serie de exámenes muy exhaustivos, en los cuales se habría determinado que se produjo una reaparición de algunas células cancerígenas en su cuerpo, por lo que era indispensable que la Asamblea Nacional le aprobase un permiso para estar fuera del país por más de 5 días, en tanto y en cuanto era necesario que volviese a la Habana para someterse a un nuevo procedimiento   quirúrgico.

3) Poner sobre el tapete la posibilidad de que el proceso de recuperación post-     operatoria, en vista de la magnitud que reviste la nueva cirugía, podría impedir que estuviese presente en el acto de juramentación ante la Asamblea Nacional para asumir el nuevo período de gobierno, acto previsto a ser llevado a cabo el 10 de   enero próximo. Sobre este último escenario Chávez se adelantó a cualquier elucubración y dejó claro que ante la imposibilidad de seguir ejerciendo el poder desde la silla presidencial el elegido para continuar la gesta revolucionaria era, naturalmente, el Vice-Presidente Nicolás Maduro. 

La designación de Chávez revive así la vieja polémica que varias veces se ha ventilado sobre los grupos de poder internos que coexisten dentro del llamado "chavismo". Por años se ha aludido a la supuesta existencia de múltiples facciones que conviven -a veces a trompicones- dentro de las filas rojas, siendo la lealtad y el culto a la figura de Hugo Chávez como líder único y símbolo de la revolución bolivariana el único elemento que logra aglutinarles en torno a un objetivo en común; sin embargo, sin caer en las honduras de la especulación sobre los posibles intereses y particularidades que cada subgrupo pudiera encerrar, estamos en presencia del hecho innegable de que cohabitan en el chavismo al menos dos grandes grupos: el de los civiles y el de los militares.

Recordemos pues, que la construcción de la plataforma política que lleva a Chávez al poder por primera vez en las elecciones presidenciales 1998, el Movimiento Quinta República (MVR), se apalanca precisamente en estos dos grandes grupos: por una parte los militares que habían tomado parte en las intentonas de golpe de estado al gobierno democrático de Carlos Andrés Pérez el 4 de febrero y el 27 de noviembre de 1992, además de los que no acompañaron aquellas asonadas pero han venido ganándose el favor del Líder en base a su lealtad probada en los cuarteles durante la última década y, por la otra, en un grupo de personajes civiles que compartían como rasgo común el haber hecho oposición a los llamados partidos tradicionales del sistema (el socialdemócrata Acción Democrática y el socialcristiano Copei) que se alternaron en el poder durante la era de gobiernos democráticos comprendida entre 1958 y 1998.

Chávez, ¿El único que puede?

Ahora bien, la pregunta pertinente en el actual momento no subyace en el hecho de averiguar quién sería el personaje que se impondrá como sucesor de Hugo Chávez. El cuestionamiento que debemos hacernos en este instante debe obedecer a una duda más básica aún: ¿Es sustituible Hugo Chávez como figura principal del chavismo y cabeza del proyecto político bolivariano?.

Más allá del aprovechamiento de los ingentes recursos que ingresan al país vía renta petrolera y permiten implementar programas sociales destinados a los más humildes, Hugo Chávez ha cimentado su poder durante estos 13 años en su extraordinaria capacidad para generar conexión con los sectores populares a través de su discurso. Aún en los últimos tiempos, donde la supuesta enfermedad del Presidente hacía pensar que éste limitaría su tiempo de exposición frente al micrófono, no resultaba raro ver al Comandante comparecer en la tarima arengando a sus seguidores con piezas discursivas de varias horas de duración. Nos hallamos pues, en presencia de un liderazgo que no comporta elementos racionales, sino que por el contrario se sustenta en el carisma del Líder y en el símbolo de redentor social  que éste encarna. 

La historia ha demostrado con creces que este tipo de liderazgos, independientemente del signo ideológico que hubiesen podido tener en su momento, son por demás personalísimos e intransferibles: 

             -Aún y cuando han transcurrido casi 40 años de la muerte del que aseveraba ser el defensor de los descamisados y trabajadores, el peronismo sigue siendo un sentimiento muy fuerte en la Argentina, al punto de que se han creado varias   organizaciones políticas que dicen pregonar el ideario de Juan Domingo Perón. Sin embargo, nunca nadie pudo monopolizar ese sentir al punto de consagrarse como el sucesor del General.

             -Francisco Franco, el Caudillo y salvador de España, detentó el poder como amo y señor en el país ibérico por casi 4 décadas. No obstante, el franquismo como fenómeno concreto, al igual que el peronismo, nunca encontró un heredero   que lograra dar continuidad a la obra del Generalísimo. De hecho, aún y   cuando algunos colaboradores directos de Franco siguieron haciendo vida política luego de la transición al sistema democrático, nunca se organizó un movimiento o   partido político de trascendencia que acogiera directamente su figura como fuente de inspiración.   

Así pues, podemos poner en el tapete numerosos casos que evidencian el hecho incontestable de que quienes han puesto a descansar el destino de un determinado proyecto político en los hombros de un elegido, de un hombre que va dejando cada vez más de ser hombre para transmutarse en Semidiós, han visto fracasar y perderse en la nada esos proyectos con pretensiones hegemónicas. Como contrapartida, quienes en vez de ello han aprovechado su conexión popular y su carisma para dar vida a organizaciones e instituciones (partidos políticos) capaces de hacer perdurar un ideal colectivo por encima de las individualidades, han corrido con mejor suerte en la tarea de allanar el camino para echar las bases en la construcción de proyectos de poder perdurables en el tiempo. 

Casos como el de Rómulo Betancourt en Venezuela y Victor Raúl Haya de la Torre en el Perú, son ejemplos esclarecedores de esto último que hemos señalado: hombres que, amén de ser expresión viva del sentimiento popular de un país en un determinado momento, prefirieron utilizar su liderazgo para construir partidos que garantizaran la perdurabilidad de sus proyectos políticos hasta después de que ellos hubiesen fallecido. Allí la clave: la creación de instituciones que permitieran hacer trascender el asunto más allá de un hombre, de un iluminado, de un imprescindible. Y vaya que ni Betancourt ni Haya obtuvieron pingües resultados en su empresa, puesto que  Acción Democrática ha cumplido recientemente 71 años de existencia y sigue siendo una referencia política importante en Venezuela, en tanto que el APRA -ya octogenario- hasta hace apenas un año aún era el partido de gobierno en el Perú.

La "sucesión"

Para Chávez el tema de la creación de un partido político nunca fue una prioridad, sino que más bien siempre fue un hecho entendido como una necesidad de tipo coyuntural-electoral. De allí que el Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) nazca más como una forma de aglutinar en una sola organización -a la fuerza y bajo la tesis del partido único- a todo el que se considerase chavista que como una plataforma política para promover el llamado socialismo del Siglo XXI. Lo importante siempre ha sido el Líder, el proyecto (entendido como algo que necesariamente tiene que ser colectivo) todo el tiempo fue dejado en un segundo plano.   

Es allí donde se produce el gran drama del chavismo, que a lo largo de todos estos años ha repetido hasta el cansancio que tiene todo para asegurar que la revolución bolivariana perdure por décadas, pero que paradójicamente no supo acometer a tiempo la tarea de preveer el relevo necesario, preveer pues que los líderes -seres de carne y hueso al fin y al cabo-, no son eternos. El personalismo, mal que ha sido espada de Damocles en los dos  casos que mencionamos más arriba y en muchos otros que la historia guarda entre sus páginas, anula y castra cualquier posibilidad de que un proyecto político pueda llegar más allá de lo que llega la vida de ese líder celebérrimo que un día enardeció a las masas. 

Luego de esta reflexión y suponiendo la veracidad de la información que ha divulgado el propio gobierno venezolano sobre el agravamiento del estado de salud del Presidente Chávez, más allá de evaluar si se impondrá el grupo militar o el civil como el heredero y usufructuario del legado chavista en los años por venir, debemos comprender que Chávez -en base al tipo de liderazgo que ha construido durante todo este tiempo- es un personaje irremplazable, por lo que en su ausencia sólo son posibles dos escenarios: la desaparición paulatina del chavismo como fenómemo político (tal y como sucedió con el franquismo), o bien que perdure Chávez como símbolo y figura de culto de varios grupos pero que ante la ausencia del Líder que les aglutina serán víctimas de sus contradicciones internas y deberán tomar caminos políticos separados (reeditando la experiencia argentina de los múltiples partidos peronistas).